Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Rosas con nombre propio

Crítica de Luis Alberto de Cuenca

Cuadernos del Norte, nº 24, marzo-abril 1984, pp. 98-99. Crítica a Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos). Editora Nacional, Libros de Poesía. Madrid, 1983

En la serie de poesía que Gonzalo Armero dirige en Editora Nacional, aunque sin numeración dentro de la misma, ha aparecido un inquietante libro de Pedro Casariego Córdoba, madrileño de veintiocho años: Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos). Con anterioridad a este su primer libro de creación, Casariego había publicado en Siruela una traducción de dos sagas islandesas del siglo XIII –la de los Groenlandeses y la de Erik el Rojo– en colaboración con su hermano Antón (Madrid, 1983).

La presentación de Maquillaje corre a cargo de Pedro Laín Entralgo, con un brillante apunte introductorio (páginas 5-6 del tomo). La maqueta, al cuidado de G. Armero, es excelente. Diego Lara ha diseñado la cubierta. Todas estas ventajas, unidas a la sugestiva disposición gráfica de los 95 textos que componen el libro, hacen de Maquillaje un objeto deseable y hermoso.

Sin dejar de ser una cosa atractiva y apetecible, Maquillaje es, también, un libro importante. Hacía tiempo que no leía un libro de poemas que me importase tanto. De entre los libros de poetas jóvenes sólo Raro, de Lorenzo Martín del Burgo, o Europa, de Julio Martínez Mesanza, significaron para mí algo parecido. Por debajo del maquillaje que da título a su obra, Pedro Casariego se me aparece como un extraordinario escritor. Espero conocer pronto sus otros libros, aún inéditos. Libros con títulos tan sugerentes como La canción de Van Horne (historia de un financiero-gángster escrita en tonos épicos), El hidroavión de K., (influido, según me dice el propio Casariego, por Robbe-Grillet), La risa de Dios o La voz de Mallick (en la que se adivina un homenaje a la película Bad Lands, de Terrence Mallik, protagonizada por un inolvidable Warren Oates) piezas de teatro, como La cicatriz, cuentos, etc. Un conjunto de obras que amenazan con infundir en nuestra seca y aburrida literatura última el coraje de la esperanza.

Maquillaje es un libro enfermo, extraño y precioso. El libro de un poeta que lee novelas. El libro de un hombre que prefiere la acción a la escritura. Un libro en el que la victoria se identifica con el fracaso y el arte con la inconsciencia de estar haciendo arte. Son tres los personajes del libro, que se desarrolla en una espectral y kafkiana ciudad de Hanoi: Vanderbilt, Frau Schneider y Roberts.

Vanderbilt es maquillador de hombros en la American Rose Society (porque las rosas tienen nombre propio en el libro de Casariego: el nombre de su creador, el nombre del aficionado a las rosas que alteró la genética natutal para obtener una flor más bella). Vanderbilt es también un vampiro, y ha matado al hijo de Schneider, que es al mismo tiempo su hija, de la misma manera que el comandante de submarinistas a quien Roberts amaba es una delicada princesa birmana, porque todo puede ocurrir en el Hanoi de Casariego. Roberts es un veterano submarinista ciego, y ha matado al empleado/empleada de la Hell que humilló a Vanderbilt en el jardín infantil número 5. Y Vanderbilt y Roberts giran en torno a Frau Schneider con ojos como uñas y pestañas como abrebocas curvos de Heister, con destornilladores y fustas, cosiendo párpados y castigándose en submarinos o lavanderías presididas por la sonrisa de Mary Pickford, callando las palabras que debieron decirse (y se dicen entre las páginas 91 y 102), hasta que Vanderbilt, metamorfoseado en vampiresa, besa a Schneider clausurando el volumen y dejándonos en los dedos un olor a rosas Max Krause premiadas en 1931 y el recuerdo imborrable de una singularísima lectura.

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