Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

1981. Poesía

La voz de Mallick

Diputación Provincial de Huelva, 1989; Poemas encadenados, 1977-1987, Seix Barral, 2003; Ediciones Tansonville, 2012

Este es el libro en el que el protagonista tiene más de “alter ego” de Pedro, aunque él no se reconozca como su autor verdadero (juego que comparten la mayoría de sus libros). Solo en su celda, Mallick, el basurero que quemó su fe, al que todos creían mudo, habla de su vida anterior en Ookunohari, ciudad dominada por una casta de sacerdotes blancos que sojuzgan a los cristianos negros. Dirige sus palabras a una lejana mujer japonesa, Wataksi, por cuyo amor, más puro que el del Señor, ha roto su silencio, y que al final parece materializarse gracias a la pasión que mueve la voz del preso. Su beso transforma al rebelde Mallick en un hombre normal, en un esclavo negro quizá feliz.

El compositor Jacobo-Durán Loriga compuso una cantata basada en este poema. El Cántico de Mallick se estrenó, interpretado por la Orquesta y Coro Nacionales de España, en el Auditorio Nacional el 15 de abril de 1994. Te invitamos a escucharla:

El cántico de Mallick

Jacobo-Durán Loriga Orquesta y Coro Nacionales de España

A mi celda azul y soltera
llega la mansedumbre
del cantar de los esclavos negros.
Los esclavos abren sus bocas para pedir pan
y su hambre
se disfraza
de música:

 

M.6

ooh Señooor
no nos olvides:
haz que el lunes
los látigos de nuestros amos
nos acaricien
con dulzura de mujer cansada
[y satisfecha:
haz también
que las gabardinas Burberry
heredadas de nuestros
amados abuelos
duren otro invierno:o

M.7

y como siempre
Te rogamos Señor
que traslades el Paraíso
a los innumerables campos de algodón
que milagrosamente brotan
en nuestra castigada ciudad
de Ookunohari.s

 

M.8

Wataksi
mira a los esclavos negros
míralos conmigo por el ventanillo de mi celda
entra en mi celda y bésame
quiero que picotees mi basura como una gaviota
rásgame las vestiduras
mira a los esclavos negros
desenreda conmigo sus corazones
cómo los odio
cómo los envidio

M.9

siempre ofrecen la otra mejilla
y es el Señor quien los hiere
con dardos y saliva y gemidos y muerte
míralos
cantando mejor que los ángeles
¿por qué no gritan una ira santa?
¿por qué no maldicen al Señor?
¿por qué no blasfeman
para hacerle bajar a Ookunohari?
¿por qué no roban el oro de Su trono?
¿por qué no golpean al Señor
para ver si ofrece la otra mejilla?

M.10

mira a los hombres negros
ya no tienen mejillas que ofrecer
míralos
mañana
llegarán a los campos de algodón
cuando las estrellas más despistadas o perezosas
no hayan abandonado aún el cielo
ellos
bajas sus cabezas rizadas
las manos juntas como arañas copulando
ensangrentarán los campos con sudor
porque ya no tienen sangre

M.11

mira conmigo a los esclavos negros
los campos de algodón les arrebatan su semilla
y con ella se reproducen incesantemente
los campos desmayan edificios de oficinas
los campos se acuestan en los burdeles
y no se levantan nunca
mira a los esclavos negros
vendieron su altivo porte
para comprar reverencias
mira sus fuertes brazos
la humillada majestad de sus espaldas
mañana boxearán eternamente con la blancura
y perderán otro combate

M.12

pero pasado mañana volverán al ring
míralos conmigo
Wataksi
cerezo
luz
luna
agua
mujer
mira a los esclavos
mira a los esclavos que aman a su Señor
ellos también respetan las leyes de la tierra
cuando sus hijos cumplen 7 años lunares
les regalan un balón de fútbol de 77 centavos

M.13

Los poemas originales tienen sangrados (de distintas medidas y en muchos de los versos) que determinan el ritmo de lectura ideado por el autor. Aquí no se han reproducido.
En formatos pequeños de pantalla tampoco se respeta la longitud de los versos.

han dicho

Clara Janés

ABC, Panorama, viernes 22 del diciembre de 1989

«No por casualidad el libro, como una espátula, daba unos toques que ayudaban a definir la situación, me había empeñado en leerlo hasta decir como algo propio la palabra Ookunohari, y he aquí que descubría además que aquel era el lugar, que yo estaba en Ookunohari, que estaría ya siempre detrás de ciertos barrotes, fija en aquellos ojos cegados por haber bebido las lágrimas de la serpiente, aferrada a una blancura celeste. «Pedí ayuda a las estrellas que sobrevivían en el cielo / cielo / estrellas / sus párpados / sus luciérnagas / sus luces / tu luz / tú / Wataksi / te quiero / te quiero / te quiero

Francisco Rivas

Diario 16, Culturas, 26 de junio de 1993 y en Falsearé la leyenda, Árdora, 1994

«Pedro Casariego Córdoba fue uno de esos cometas que proceden del fondo del universo y, cuando se acercan o rozan nuestro pequeño mundo, siembran la alarma pero al tiempo nos fascinan. Como aquel que atraviesa uno de sus libros de versos, La voz de Mallick: “al instante / reconocí en el cometa / la SEÑAL que ya no esperaba / y supe que iba a indicarme la meta / de mi salvaje peregrinación por la nada más vacía”.»

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