Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

1978. Poesía

La risa de Dios

El Paseante, nº 1, invierno de 1985; Poemas encadenados, 1977-1987, Seix Barral, 2003; publicado como libro independiente por Ediciones Tansonville, 2006 –en edición trilingüe: español, francés e inglés. Traducciones de Belén Artuñedo Guillén y María José & Anunciación Carrera de la Red. Presentación de Antón Casariego–

Pedro escribió La risa de Dios cuando contaba veintitrés años; es el segundo de sus libros compuestos por poemas unidos argumentalmente. Nuevamente hay una historia que contar, en este caso tres personas, tras asesinar a otra, se esconden en una habitación hasta que el asunto se enfríe. En este caso, además de su calificación como “poema lírico de un mundo fantástico”, nos ha dejado una breve explicación de lo que pretendía en la entrevista que precede al poemario en El Paseante. La historia queda enmarcada por dos breves poemas que aparentemente (sólo aparentemente, pues Pedro explicó su conexión en la entrevista citada) poco tienen que ver con el resto. El primero (N. 0):

Nuestras palabras nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

Y el último (N.102):

Mi angustia
es el eco
de la risa de Dios.

Y es que, a pesar de su crimen, los tres personajes (dos hombres, el narrador y Murray, también llamado Markowitz, y una mujer, la hermosa Nadezhda Zelova) siguen siendo seres inocentes a merced de Dios, atenazados por el miedo a quedarse solos. Encerrados en el cuarto, al principio oscuro y lleno de telarañas, cuando encienden la luz comienzan a ver extrañas manchas móviles en las paredes. Arañas, unicornios, pegasos, leviatanes y quimeras se enseñorean de la habitación. Pero quizá los personajes sólo inventan aventuras, cuentan cuentos, fantasean fantasmas, para evadirse de su sino. Pues las “manchas mecánicas de tinta china”, sentimientos que no han querido ser palabras, ensoñaciones que cobran una vida vicaria al ser expulsadas al exterior, en el fondo pertenecen al mundo interior de cada uno, son reflejos de la angustia íntima de los actores de La risa de Dios.

«La risa de Dios salió como un torrente, muy libremente. Este libro discurre en el distrito de la Luz Roja, que es un lugar poblado por asesinos, bailarinas y camareras, pero está teñido de una inocencia y una pureza absolutas. En este libro hay tres personajes principales que somos yo, Nadezhda, el inevitable personaje femenino, y Murray, que luego se llamará Markowitz. Lo que ocurre es que llevamos a Murray a un cuarto con la idea de que el paso del tiempo borre la memoria de su crimen y comenzamos a ver en ese cuarto, lo que yo llamo unas manchas mecánicas de tinta china; entonces aquello realmente nos maravilla y vemos que el tejemaneje de esas manchas nos permite expresar aquello que nosotros llevamos dentro, a través de aquellos pequeños seres de tinta que deambulan por la habitación.»
: El ogro
: lava
: el árido asteroide
: con su
: paraguas de agua
: y con
: jabón
: de aerolito.

N.65. 

: La espesa barba
: del ogro
: imberbe
: nunca se afeita
: alabada sea
: su
: longitud: natural.

N.66.

Calló Markowitz
y oímos los ronquidos
de la araña colorada
que había retornado
al cuarto luminoso
para descansar
en su mancha-fortaleza.

N.67. 

El camarero sonreía.
La araña venenosa
extranjera como el grito
había entrado
en las tinieblas
de su dormitorio
y había tropezado
con los 5 pegasos

N.68. 

Markowitz sonreía.
La araña
había expulsado
a los 5 caballos alados
que momentos antes
reposaban
felices y más felices
bajo delgadas mantas
de telaraña.

N.69. 

El diente
que
el camarero
enseñaba
al sonreír
se sonrojaba
como si fuerade oro.

 

N.70. 

La sonrisa de Markowitz
terminó por desarmarnos.
Sin sus dagas
de 4 filos
Nadezhda
no simulaba ser bella.

N.71. 

Markowitz
nos pedía
a punta de daga
y cuchillo
que no lo dejáramos
:solo:

N.72. 

S: como el ogro
o: cuando lo acompaña
l: una bruja
o: que se tiñe de cohete
.. y friega el aerolito.

 

N.73. 

…..
: s :
: o :
: l :
: o :
…..
como
la ri
sa de
Dios.

N.74. 

Los poemas originales tienen sangrados (de distintas medidas y en muchos de los versos) que determinan el ritmo de lectura ideado por el autor. Aquí no se han reproducido.
En formatos pequeños de pantalla tampoco se respeta la longitud de los versos.

han dicho

Esther Ramón

Introducción de Poemas encadenados, 1977-1987

«Publicado por primera vez en la revista El Paseante y en apariencia uno de los títulos más lúdicos y llenos de inocencia de Pe Cas Cor, La risa de Dios (1978) contiene en realidad un insoportable grito de angustia, un aullido de terror dentro de un cuento, y “ese ir silbando despacito por el borde del desfiladero” que describía la argentina Alejandra Pizarnik. Sus primeros versos apuntan de nuevo a la incomunicación (“Nuestras palabras/ nos impiden hablar/ Parecía imposible./ Nuestras propias palabras”), y sumados al resto parecen indicar que esa incomunicación hace inútil el lanzamiento de bengalas. La noche es tan oscura que las traga, sin que nadie alcance a verlas.»

Antón Casariego

Prólogo a la edición de 2006

«La risa de Dios es el reflejo de un momento. De un espacio en el que el tiempo se ha detenido, encapsulado en un lugar secreto y mágico. Allí los personajes son felices y puros, porque creen que se pueden ocultar incluso de la mirada burlona de su Creador. Pueden fantasear, bromear, y hasta enamorarse.»

Pedro Casariego

 El Paseante, nº 1, diciembre de 1985, pp.99-102., bajo el título “El Paseante entrevista a Pedro Casariego Córdoba”

«El libro tiene un tono inocente, lúdico, que se derrumba al final con unos versitos que dicen: Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios /. Esto no es más que la angustia que late también en ese mundo, que reviste a todos sus personajes a pesar de que son seres inocentes. Esto les revela la existencia de un Dios que está por encima de nosotros, que incluye tanto las cualidades atribuibles por todas las religiones, de bondad, etcétera; pero que incluye también lo que nosotros atribuimos artificialmente al Diablo.»

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