Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Pedro Casariego

Artículo de Luis Alberto de Cuenca

ABC , Panorama, 23 de noviembre de 1994, p.22; Barataria, 1995

Conocí a Pedro Casariego Córdoba en Otoño de 1983. Gonzalo Armero acababa de publicar Maquillaje en su colección de poesía de Editora Nacional. El libro me gustó muchísimo, y Gonzalo me dijo que por qué no lo decía por escrito. Me dio su teléfono, lo llamé y Pedro y yo nos citamos en Argüelles, en la cafetería Galaxia, un sitio anodino pero con la solera de una reciente conspiración. Mientras bebía algo sin alcohol, Pedro me habló de sus estudios de Económicas, de su estancia en Estados Unidos, de los libros de versos que había escrito, de su teatro, de la literatura que le gustaba (La casa de Hong Kong de Robbe-Grillet). Hablo de lo que ahora recuerdo que me dijo, pero eso es lo de menos, porque lo importante es cómo era él, cómo se movía por la cafetería Galaxia, como decía lo que dijese, con esa cortés y delicada desesperación que comunicaba a todo aquello –yo, por ejemplo– que se interponía entre su vista y el vacío, fulminándolo a fuerza de indefensión e inteligencia.

Lo volví a ver no mucho después. Le gustó –me dijo– la nota sobre Maquillaje que publiqué en Cuadernos del Norte. Venía a dejarme una copia de un texto que acababa de escribir, 24 folios a máquina, Que más da  se llamaba. Vino en coche desde Aravaca. Quedamos en la puerta de la casa de mis padres, en el número 31 de la calle de Jorge Juan. Me dejó los 24 folios dentro de una carpeta azul, marca Centauro, donde había escrito con tinta negra el título del texto y su nombre. Fue visto y no visto. Eran las dos y media de la tarde. Me lo entregó y se fue. La cita consistía precisamente en eso.

Cuando Julia Barella estaba preparando su antología Después de la modernidad, en la que Pedro está incluido, lo telefoneaba con alguna frecuencia y se vieron dos o tres veces. Una tarde quedó con él en el Vips de Julián Romea, en una de esas mesas con los asientos circulares. Yo estaba allí. Pero no recuerdo de qué hablamos en aquella ocasión.

La última vez que lo vi, hacia el 87, fue en casa de Marta Villar, en la calle de Alberto Bosch. Marta daba una fiesta. Recuerdo en ella a Julia, a Fernando Canales, a Javier Ruiz, a Aurelio Torrente, a Savater, a García Alix. Y a Pedro Casariego Córdoba, que llegó tarde –estábamos enfrente de la puerta cuando apareció en el umbral– y nos saludó brevemente, pero con alegría y con cariño. Se me antojó un Pedro Casariego más sociable y desenvuelto que el de Galaxia.

Luego no lo volví a ver más. Leía puntualmente todo lo que publicaba, pero no volví a verlo. Aunque lo veo todavía, lo volveré a ver siempre con la camisa blanca que llevaba la primera vez que lo vi en la cafetería Galaxia, cuando le puse cara al autor de Maquillaje.

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