Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Volar con Pedro Casariego Córdoba

Texto de Rafael Pérez Estrada

Barataria, Revista de creación literaria y filología. Nº 2, Universidad de Alcalá, Madrid, 1995

La poesía es un estado de gracia.

Leo a Pedro Casariego e imagino que estoy barajando estrellas, o que en el firmamento vuelan peces mariposas con sus luces nocturnas, o que una orquídea empieza a deletrear la indefensión de las vocales débiles.

Cubrir el rostro de un tigre no es tarea fácil, Pedro Casariego, lo hizo con humor y poesía en La vida puede ser una lata. Sólo los que cubren el rostro del tigre desvelan su sueño, y digo sueño cuando realmente quiero decir metáfora.

El hidroavión de K., edición póstuma de uno de los inéditos de Casariego, participa no sólo de la geografía poética, sino que tiene la dinámica de lo cinematográfico que se acoge a la luz y las sombras de la novela negra.

Casariego nos sorprende una vez más con todos los ases en la mano: la libélula de plata, los labios azules de Marie, joven aromática; la fotografía de un delincuente congoleño; las manos que se derriten, y sin hacer trampas (de eso se trata en poesía) un quinto as (lo imposible, de eso trata la poesía), El Fantasma del Tiempo Objetivo.

Casariego no se aproxima al cine, ni como lo hicieran temblorosos y mudos los del 27, ni con la exuberancia veneciana de los novísimos. Casariego hace simplemente cine, cine que a su vez representa una urgencia de impulsos poéticos.

Sin embargo, una lectura detenida, incluso razonada (la peor de las actitudes del lector frente a la obra poética), de El hidroavión de K., nos va a descubrir que estamos ante un pretexto, la ficción de un género que sostiene a otro género. Casariego realmente nos esta ofreciendo una película en la que apoyar (colgar, diría Auden respecto de la relación trama poesía) las pulsaciones y destellos de la inexplicable emoción del poeta. He aquí la gran paradoja, sostener lo intraducible en lo que se supone ha de ser un sistema ordenado y lógico de contar cosas.

Pero el soporte, bien visto, apenas tiene relación alguna con lo que en el orden cerrado de los géneros entendemos por guión. La estructura del texto acaba de descubrírsenos como la sombra de algo que nunca quiso ser. Lo importante, insisto, es lo que roza levemente la estructura, aunque la intención argumental al incumplirse, al perder en favor del misterio el carácter explicativo, se convierta también en materia conspiradora de la realidad.

Casariego adorna El hidroavión con personajes cuya vida se agota en el mismo instante de ser creados. Son luces de un poema, no historias para ser cumplidas.

Precisamente, el cine y sus fantasmas han agotado el infinito número de las metáforas visuales de las que la literatura parecía disponer. La palabra crea, al construir una de estas figuras, una comparación más o menos en equilibrio en torno a otra realidad; el cine, por el contrario, a través de ese sistema sofisticado que es el montaje, nos ofrece un imposible realizándose más allá –en lo plástico– de las posibilidades que el pensamiento creativo concede a un medio de expresión no plástico.

Al poeta en nuestro tiempo le pertenece el delirio, y como contraste, la metáfora ideológica.

Al fin el poeta se libera de la pesada carga de mover a los pueblos.

El poeta, insisto, ha de ser un mago, un fabulador de sensaciones y emociones que se van a transmitir por el boca a boca de otras emociones parecidas. Incluso en este afán de ser algo más que un hacedor de formas, el constructor de imposibles se explicará a sí mismo en términos de verdadero trascendimiento de lo que generalmente se considera como poeta.

Casariego es un ilusionista, un equilibrista de conceptos e ideas; en definitiva, alguien dotado de la capacidad de entenderse no sólo con las palabras, sino con sus destellos, sus luces y sus sombras. Leer sus poemas es también comprender, empezar a comprender el lenguaje de las nubes, el eco de la lluvia, los adjetivos del viento, y el cansado dolor de la piedra.

Casariego es consciente de la crisis de la metáfora visual, En La vida puede ser una lata, sus textos se acompañan no de ilustraciones, sino de dibujos que en apariencia son parte esencial (no ilustrativa) del hecho que intenta transmitir; sin embargo, también el propio poema se vale sin necesidad de ese otro rasgo que es el grafismo. En 8 poetas raros (Parreño y Gallero, Árdora, Madrid, 1992) vuelven a aparecer algunos de estos textos, ahora desnudos de cualquier indicación que no sea la palabra.

En la entrevista que precede a sus poemas en la antología citada, el autor de La risa de Dios nos dice cosas de conmovedora belleza. Evidentemente una entrevista se corresponde al más elemental y comunicativo sentido de la prosa, no obstante el poeta de guardia se escapa y se derrama en respuestas que son nuevas pulsaciones de emoción incontenida:

No sé –dice– si soy sentimental. Quizás lo sea. Lo que sí sé es que estoy plagado de sentimientos, de peces que piden calor.

Apariencia de cine, novela, guión, dibujo o entrevista, todo en Pedro Casariego está tocado de poesía, la forma más próxima del misterio.

Aunque pueda parecer una paradoja, el poeta es el camino de la poesía, no el que camina. Quiero decir con esto que el poeta, como la poesía, no es. Su tragedia pertenece a la abierta apariencia de comunicación desde la soledad. Pocas expresiones convienen tanto a este hermoso sin sentido como las palabras de Pessoa por boca de uno de sus heterónimos:

Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo.

Pedro Casariego era un doloroso, un resumen de esa angustia que nos consume y a la vez nos libera. En ocasiones acude a una extensa parábola para definirse a sí mismo en este particular oficio de escritor:

Un buen poema quizás sea el lado valiente de un cobarde. O la bala de un sentimental. O la belleza de un imbécil…

El poeta vive en un permanente: estado de insatisfacción, porque ama la levedad, pero, frente a su más secreto deseo de decir, las palabras acaban por asociarse a la gravedad que las sostiene. El poeta suena con una lluvia ascendente o con un cielo de nubes amaestradas, sin embargo, nada más cerrar la puerta del poema (su mundo más recóndito) se hallará con las manos vacías, y comprobará que ese regalo que ha estado a punto de hacer se ha perdido a mitad de camino, y que la lluvia nos cala a todos por igual, y que las nubes no son extrañas. Mas vuelve, cansadamente vuelve a la raíz, al punto en el que lo trascendente parece próximo y acariciable como un olor lejano y conocido, o como ese pez que le pide calor.

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