Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Pedro Casariego

Artículo de Clara Janés

ABC, Panorama, 5 de octubre de 1994, pág. 24, con motivo de la presentación de El Hidroavión de K., Ave del Paraíso, 1994, y de Falsearé la leyenda, Árdora Ediciones, 1994, en el Círculo de Bellas Artes, donde simultáneamente se exponía su obra pictórica.

Estoy en el campo, contemplando a la última luz del día un sereno paisaje, y de pronto, el silbido de un tren me traslada al mes de junio y al Círculo de Bellas Artes. Nos hallarnos en un acto en que se presentan dos libros de Pedro Casariego, El hidroavión de K. y La vida puede ser una lata –este último adosado a otro que reúne textos ilustrativos de cuadros suyos, homenaje o presencia acompañante de unos cuantos que en algún momento sentimos proximidad hacia él– en el marco de una exposición de sus dibujos y pinturas. La sala está llena, se introducen los libros, se habla de su creación, de su exigencia y su silencio. Por dos veces se negó a leer allí sus poemas y de nuevo –se dice– celebramos la publicación de sus libros en su ausencia. Nadie menciona el hecho que a todos nos tiene en vilo: se suicidó arrojándose a la vía del tren hace un año y medio. Por riguroso turno hablamos y leemos nuestros textos, afirmando, con el tono de nuestras voces, precisamente la presencia irrevocable del poeta. Tampoco se atreve nadie a hablar de su persona, de su realidad material –su alma-cuerpo tan potente–, de esa fuerza sobrecogedora que emanaba, ese saber tan propio que sólo en el arte hallaba cauce. Pero he aquí que llega el final y toma la palabra su hermano novelista, Martín –otro de sus hermanos, Antón, fue el primero en hablar–. Y Martín con toda sencillez, explica una tarde pasada con él: salieron a pasear y llegaron hasta la estación de Aravaca. Eran las nueve y era verano, de modo que aún había luz. Se sentaron de espaldas a los raíles del tren… Mientras Martín habla vemos el amplío panorama que se extiende ante sus ojos y Madrid al fondo y cómo se va velando de escarlata a medida que el crepúsculo avanza; lo vemos a él cogiendo la armónica que le tiende su hermano y arrancándole algunos sonidos y luego oimos la alegre melodía tocada por Pedro y también un leve traqueteo y suaves silbidos de un tren que se aleja, mientras sigue la melodía. Y todos sabemos que han pasado otros trenes y otras cosas y que la melodía permanece y que, pase lo que pase, nosotros estamos allí todos juntos con él.

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