Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Ookunohari

Crítica de Clara Janés

ABC, Panorama, viernes 22 del diciembre de 1989

«Era más delgado que cualquier faquir». Así era aquel día, y el día todavía más: un hilo perdido en la niebla, borrado por la noche. Yo estaba allí de pronto junto a su cuerpo, y era cierto: podía contar las estrellas con sus costillas, pero no «para dormirme», sino estando él dormido. Y no le faltaba ninguna. ¿Qué hacia yo, pues, junto a él? Por este motivo, sin duda, era tan ensimismado; por este mismo motivo, sin duda, era más hermoso cuando no estaba despierto, cuando cesaba la espiral de palabras que salía de su boca y quedaba en el puro ser.

«Es la muerte», había dicho, y por mi cabeza, veloces, cruzaban las frases de Rosa Chacel: «Si no hubiera querido, nadie hubiera podido obligarme a nacer. Con la muerte sucede lo mismo: es una renuncia». No es el fin, pensaba, es el azar que me depara ese goce de contar las estrellas a la luz de una lámpara. El amor en un tatami. Alrededor todo vacío, ni un mueble, ni un libro por las paredes. Y yo viendo como en una pantalla en un flash súbito, a Hrabal hacer balas con libros y papeles y meter en cada una una reproducción de arte, la «Ronda de noche», «Saskia», “Almuerzo en la hierba», para convertirlos en pasta (por cierto, ¿quién traducirá al castellano «Una soledad demasiado ruidosa?»). Sí, hay que acabar con los libros, sobre todo con algunos, los exteriores, no esos que te recorren por dentro como el de Pedro Casariego que ahora me dictaba: «súbita / y violentamente / el cometa / abandonó su órbita».

Yo también lo vi: una esfera violeta envuelta en llamas. Lo vi porque siempre miro el cielo por si pasan cigüeñas camino de Salamanca formando una V blanca de madrugada. «Quizá el cometa fuera / un verdugo del Señor». Y ya había esperado una fuerte explosión, pero lo engulló el silencio. Ahora, sin embargo, en mis manos, aquellas costillas tan suaves: «casi / había / olvidado / el sabor de la carne de…» ¿Qué carne? Para mí era un arcángel y el número de huecos por los que mis dedos andaban… ¿Era Wataksi? Sí, porque la voz que de verdad hablaba, de todos modos, era la mía, ¿y qué importaba que Wataksi para mí fuera varón? «Ah Wataksi, esa sensación era la sombra del beso». Y todo era una sombra a plena luz porque como él era ciego y dormía, quería que todas las luces estuvieran encendidas.

No por casualidad el libro (La voz de Mallick), como una espátula, daba unos toques que ayudaban a definir la situación, me había empeñado en leerlo hasta decir como algo propio la palabra Ookunohari, y he aquí que descubría además que aquel era el lugar, que yo estaba en Ookunohari, que estaría ya siempre detrás de ciertos barrotes, fija en aquellos ojos cegados por haber bebido las lágrimas de la serpiente, aferrada a una blancura celeste. «Pedí ayuda a las estrellas que sobrevivían en el cielo / cielo / estrellas / sus párpados / sus luciérnagas / sus luces / tu luz / tú / Wataksi / te quiero / te quiero / te quiero».

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