Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Un miedo luminoso

Artículo de Marcos Ricardo Barnatán

El Mundo –Magazine–, 4-5 de Junio, 1994, p. 44, a propósito de la exposición sobre Pedro Casariego celebrada en el Círculo de Bellas Artes); Barataria, 1995

Abrasado por el fuego, el autor escribió poemas que fueron pinturas,
combates de angustia contra razón.

El sabio Elías Canetti nos explicó en El suplicio de las moscas que hay, por lo menos dos clases de miedo, el luminoso y, el amargo. El primero crece y crece y se expande hasta que estalla. El segundo, en cambio, se encoge y se seca. El miedo amargo es el que logra convertir a los hombres en momias, el miedo luminoso los convierte en poetas. Venturosamente para nosotros, Pedro Casariego Córdoba (1955-1993) fue una misteriosa víctima del miedo luminoso.

Lo que digo, sólo está fundado en la lectura de sus inquietantes versos y en mi mirada sobre sus no menos inquietantes imágenes, ya que nunca llegué a cambiar palabra con él, aunque muchas veces estuve muy cerca de su entorno, ni siquiera a cruzármelo como otros en una escalera.

La interesante exposición homenaje que se le dedica en estos días en una sala del Círculo de Bellas Artes ha reunido parte importante de sus poemas, el fruto inteligente de ese miedo de fuego, las múltiples huellas de su incendio. Y digo sólo poemas, porque los cuadros, las pinturas, los dibujos y los cuadernos de notas que se muestran son también poemas que en los últimos años de su vida se convirtieron en pinturas, en dibujos o en cuadernos.

Unos poemas en los que, en una especie de rara alquimia, se canta un irónico salmo a la vida con palabras difíciles, con palabras sencillas, en las que la angustia combate con la razón y se empeña en encontrar y retener los momentos de mayor intensidad.

Para esa tarea, a la que fue empujado por ese miedo luminoso del que habla Canetti, el poema en su forma clásica hecho de palabras no era suficiente, por eso necesitó dibujarlo con una línea delgada y melancólica, pintarlo con colores pastosos, darle toda la fuerza de la luz y también la espesura de la oscuridad.

Los poetas suelen temer al mundo exterior, creen que esa turbamulta amenazante puede turbar la verdadera soledad de su alma, que como escribió un famoso salmista francés viene a romper el hilo desértico de mi alma. Temen, pero el miedo confesado les lleva a la certidumbre de que la verdadera poesía está muy cerca de la sangre, y la sangre se mezcla con todos los que la estremecen.

Pedro Casariego Córdoba pintó esos poemas con una extraña entrega, con una convicción de sacrificio, en la que los días y las noches parecían lugares inmóviles donde podía desencadenarse el pavor o eclipsarse en un profundo silencio que hablaba sin palabras. Pero los pintó también sin perder nunca el sentido del humor, que muchas veces queda expresado en las leyendas que acompañan sus dibujos y que pueden llegar a parecer una especie de paráfrasis contemporánea de los caprichos goyescos.

El poeta no necesita recurrir a las palabras más secretas del diccionario para crear sus imágenes, y esa misma llaneza en la selección de los términos que le guió a la hora de escribir sus versos desnudos, dirigió al pintor cuando trazaba sus manos, sus sombreros, sus rostros, sus estrellas, sus desoladas figuras con una enternecedora naturalidad que se apoyó casi siempre, más en la persuasión de la franqueza que en el convite de la ingenuidad.

Al espectador se le da ahora la rara oportunidad de enfrentarse cara a cara con este artista pudoroso, con este poeta reservado, con este creador que de estar vivo hoy hubiera rehuido minuciosamente las cámaras de televisión y se hubiera ausentado para no estar presente en una ceremonia así.

Pedro Casariego Córdoba fue un poeta raro, como acertadamente lo clasificaron sus antólogos, pero su rareza no lo hizo indescifrable.

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