Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Ayúdame a ser zurdo

Artículo de José Andrés Rojo

Con motivo de la exposición en el Circulo de Bellas Artes. El País, 21 de mayo de 1994

Unir una palabra con otra. Juntarlas y disponerlas de tal modo para que disparen una sugerencia, para que incendien de sentido una frase banal, para que muevan a la sonrisa, a la carcajada, al deseo. También, para que den cuenta del dolor, de la amargura, del fracaso. Para que reinventen el amor. Es lo que hizo el poeta Pedro Casariego Córdoba durante una buen porción de años y escribió por ejemplo: «Las cabezas descubiertas / explicó / son las pistas de aterrizaje / de los sombreros de mujer». O también: «Ese fantasma que trata de esconderse entre la ropa tendida es como un hijo para mí». Terminó uno de sus poemas con la dinamita de estos tres versos: «Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios»; o describió el sueño de uno de sus personajes diciendo «Phil se duerme / y al dormirse resucita / resurrección que se repite / todas las noches».

Son retazos arbitrarios que se dejan caer con la ilusión de que el lector muerda el anzuelo. Porque, en realidad, no sirven para contar el mundo de este poeta, que llenó de historias y personajes sus libros de poesía como si fueran cajas mágicas que contuvieran toda la verdad de la vida: azarosa, caprichosa, ligera, profunda, trivial, ridícula. Y es que este hombre, Pedro Casariego Córdoba, fue un tipo compulsivo que se tiró a la piscina de las palabras sin salvavidas y se sumergió hasta el fondo como si no le tuviera miedo a las catástrofes que se producen cuando uno deambula por la cuerda floja del sentido. Y un buen día, ese hombre que firmaba Pe Cas Cor dejó las palabras en suspenso y se tiró a los lienzos con la misma extrema necesidad con la que había tratado con sus versos, y llenó sus cuadros con colores y trazos, con personajes e historias, con tinta de dolor y con ríos de puro cariño: para volver a construir mundos que fueran el reverso o la continuación del suyo propio.

El dolor y la inocencia

Cuentan quienes le conocieron que Pedro Casariego Córdoba tenía las cosas de cuerpo para adentro hechas un revoltijo de dolor. La poesía y la pintura fueron las salidas que encontró una sensibilidad que tenía fuera de control las agujas que marcan la velocidad de las emociones. «Si alguien cree que la vida es una lata», explicaba en una de las pocas entrevistas que concedió, «tiene grandes posibilidades de alcanzar la felicidad a través del aburrimiento, del tedio, del hastío, de la benéfica paz terrena. Lo terrible es la obsesión, ser un simple esclavo de un alma estropeada. Estar encima de un tejado blanco, debajo de un cielo azul, muy aburrido, sin nada que hacer, con un pitillo y un zumo de naranja en la mano es estar llamando a la felicidad». Pero acaso todo esto sea irrelevante para disfrutar de su obra. La poética y la artística, que tienen en común el mostrar los vagabundeos de un tipo que se dejó seducir por el reto más difícil: el de desandar todos los caminos para recuperar la mirada inocente y asombrada del niño que descubre el mundo y que al descubrirlo lo nombra por primera vez.

Ahora, y gracias a la iniciativa de su familia y sus amigos, el Círculo de Bellas Artes abre una de sus salas para mostrar los cuadros de Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955), a partir del día 24. Son 39 acrílicos sobre lienzo, que se completan con 68 dibujos (la mayoría de ellos de su libro La vida puede ser una lata), 15 cuadernos –que recogen las notas y dibujos que fue haciendo en sus últimos años y que son como un paseo por todos los vericuetos de una imaginación tierna, caprichosa e irónica–, ocho libros –desde Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos (Editora Nacional; Madrid, 1983) a Pernambuco, el elefante blanco, el último que dibujó y escribió para su hija Julieta– y una partitura, la del Cántico de Mallick, que compuso Jacobo Durán-Loriga inspirándose en La voz de Mallick (J.R.J. Colección de Poesía, Huelva, 1989).

Muebles, monstruos, mesas, manos… son los nombres que han puesto los organizadores de la exposición a algunas de las series que pintó Pedro Casariego Córdoba. Como todos, nombres arbitrarios que sirven para ordenar unos cuadros que oscilan, como oscilaba su poesía, entre el guiño juguetón, ligero y tierno de algunos de sus monigotes que estallan en un marco de colores intensos, y el viaje sombrío y dolorido de otros cuadros, de tonos más oscuros, de rostros agrietados, de formas descompuestas. En todos ellos, en cualquier caso, flota el mismo asombro que tiene toda su poesía. Ese asombro: una suerte de afirmación de que la vida está llena de sorpresas –dulces, dolorosas, absurdas, ilógicas– y que merece la pena ser vivida: para contarla, para meterla en el marco estrecho de un lienzo, para celebrarla con una historia o con el feliz acuerdo de un montón de palabras.

Nuevas publicaciones

Pedro Casariego Córdoba se suicidó en enero de 1993. Un año y pico después, su trabajo oculto de pintor, por un lado, y la publicación de uno de sus primeros libros, El hidroavión de K. (Ave del Paraíso Ediciones), y de Falsearé una leyenda. La vida puede ser una lata (Árdora Ediciones) –que reúne los comentarios de trece autores sobre sus cuadros y la edición aumentada de uno de sus libros más conocidos–, por otro (que se presentan también en el Circulo de Bellas Artes el 7 de junio), están ahí para mostrar la originalidad de su trabajo: las frágiles construcciones de un artesano de las palabras y las imágenes. Y para quien no lo crea, basta con leer ese brevísimo poema que acompañaba uno de los dibujos de La vida… : «Me han cortado por la mitad. Ayúdame a ser zurdo».

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