Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Un homenaje de 366 días a un poeta único, el transgresor Pedro Casariego Córdoba

Entrevista de Sonia Fides

El Asombrario, 20/5/2020

Este año Pedro Casariego Córdoba (1955-1993), poeta y pintor que firmaba como Pe Cas Cor, habría cumplido 65 años. Su obra es tan personal, potente y transgresora, que sus hermanos –entre los que se encuentran los también escritores Martín y Nicolás Casariego– le han querido rendir un homenaje a lo largo de los 366 días de este año, a través de las redes sociales, de Twitter (@PeCasCorOficial) e Instagram (@pedrocasariegocordoba). ‘El Asombrario’ recoge esta iniciativa para recuperar su voz y su silencio, sus luces de emergencia, para recordar a este inusual y gran escritor, que decidió poner fin a su vida repentinamente bajo un tren. Gracias a la complicidad de su hermana Sira y a las respuestas de su hermano Antón.

En primer lugar, agradeceros la brillante y necesaria iniciativa: 366 días alrededor de la obra de Pe Cas Cor, que apareció de manera sorpresiva el 1 de enero en Instagram y Twitter con el objetivo de conmemorar el 65 cumpleaños de vuestro hermano. Quiero subrayar que Pedro es un poeta que ha escrito la biografía de muchas generaciones a través de esa habilidad suya para trasgredir sin resultar snob o superficial ¿Cómo surgió la idea? ¿Cómo habéis construido esa casa para las palabras de un poeta cuya imaginación destruía cualquier barrera sin que esa casa, aunque sea virtual, rezume cualquier tipo de atadura?

Es curioso que compares nuestra iniciativa con la construcción de una casa virtual. Pedro fue el más casariego de los Casariego. Repartía su tiempo entre largos paseos por el barrio y la reclusión en su pequeño cuarto de la casa familiar de Aravaca, diseñada por nuestro padre siguiendo un modelo monacal. De forma paralela, literariamente, existen un Pedro Mallick, encadenado y críptico, pero también agudísimo, en sus libros de poemas, y un Pedro Swing, desenvuelto y bromista, aunque también revelador, en sus cuadernos. La idea surgió al imaginar que las redes sociales podían ser el espacio ideal para desmadejar un universo de palabras tan aparentemente dispar como coherente en lo profundo. Porque hay humor en los poemas y hay horror en los cuadernos. Quizá la casa ya estaba construida y ahora sólo la hemos amueblado. También nos pareció bonita esa cadencia del día a día, que leyendo un libro sólo se puede mantener con mucha autodisciplina.

Pedro es un poeta con un virtuosismo poético y emocional que derrumba las barreras de cualquier lector. Inventa y reinventa constantemente, crea versos con una capacidad de pervivir latente, acumula una modernidad inusual en esos silencios tan generosos que le concede a sus largos versos, ¿no temisteis en algún momento no conectar con los lectores actuales de poesía, tan conformistas, tan de manual, tan de cantautores convertidos en poetas en serie?

El miedo a no conectar existía, sin duda, pero la ventaja de lo virtual es que sólo se puede perder el tiempo, y en el estudio de diseño gráfico desde el que nos ocupamos de esta acción sobra tiempo cuando hay poco trabajo. Realmente, lo que pretendíamos no era exactamente entrar en un mundo que desconocemos, el de esa poesía actual “de cantautores”, sino ir encontrando poco a poco personas afines a la sensibilidad de Pe Cas Cor y, a través de esas personas, mantener vivo virtualmente su innegable virtuosismo poético y emocional. Su voz y su silencio. Entrar en contacto con lectores que seguramente nunca hubieran aparecido en el mundo convencional del libro.

La obra de Pedro es perturbadora desde la primera a la última línea. Pedro es un ‘Ulises’ futurista, patrón y padre de esos maravillosos “obreros azules” que corresponden más a este siglo XXI que ahora habitamos que a aquel siglo XX ahogado en colores inútiles que él habitó. ¿Qué ha supuesto para vosotros enfrentaros a la enormidad de su universo literario?

Llevamos toda la vida enfrentándonos a esa enormidad, que no se puede medir por el más bien escaso número de páginas que escribió. Y que en parte surge, paradójicamente, del hecho de que Pedro limitó consciente y consecuentemente su producción. También, en parte, de haberse mantenido tan firme en no explicar lo inefable. Otra parte puede deberse a esa variedad de registros que mencionábamos antes. Y no son ajenas a todo ello la enorme inteligencia de Pedro ni su perturbadora visión del mundo como un lugar arrasado por su Creador.

Hablemos también del Pedro pintor, de la delicadeza de sus imágenes, de esos cuerpos alargados que se cuelan en la memoria de quien los ve como se cuelan en nuestras noches esos delgados sueños que salen de nuestros ojos al despertarnos. En ellos se huele el pudor del artista y al mismo tiempo la explosión emocional que llevan implícitos. ¿Dejaba que alguien le considerara como pintor, o se trataba solo de un juego, de un complemento estético a su modernidad literaria y vital?

Efectivamente, el Pedro Vincent es el tercero que se muestra en estos 366 días, mezclado por completo con los otros dos. De nuevo, la ventaja de las redes sociales como contenedor es enorme. Pedro se creyó absolutamente poeta y sólo un poco pintor. El dibujo y la pintura surgen tardíamente, coincidiendo casi exactamente su aparición con su abandono, a los 30 años, de la escritura que para él era seria: la poesía que daba por definitiva cuando la mecanografiaba. Los dibujos con textos sí fueron en parte un juego; los cuadros fueron más bien la válvula de escape de la olla a presión que era su alma. Esa tensión hace que derrochen fuerza y expresividad. Además, a pesar de que los hizo de una manera, digamos, menos profesional, sin preocuparse por la técnica y sin pulirlos como obsesivamente pulía los textos, con ellos pudo ganar algo de dinero. Sin duda tienen relación estética con esa modernidad literaria que citas, y también es acertado calificarlos de complemento de su obra poética, porque son consecutivos en el tiempo y no existe coincidencia temática. Pedro no ilustró su poesía con su pintura.

Aunque el poeta, mientras escribe, no conozca su destino, se nota en los versos de Pedro un deseo contumaz de eternidad. Sus imágenes, a pesar de su ritmo interno y de su espontaneidad, están cuidadas al detalle, son dueñas de una plasticidad que dialoga a veces con territorios imposibles, incluso algunos poemas parecen guiones cinematográficos: “Los cabellos / de la primera secretaria / de la Lurie Co / me parecen demasiado oscuros. / Los tres informes / que trasladan a Kierkegaard / a su domicilio / salen de las oficinas. / Marie bosteza / cuando yo quiero” ¿Era Pedro un ‘flanêur’ que amaba recostarse más sobre las tapias del presente o sobre las del futuro? ¿Creéis que mientras escribía era consciente de la futurización salvaje a la que conducían sus versos?

Pedro tenía un ansia desmedida de eternidad, y de ahí su conflicto con el paso del tiempo, que se tomaba como algo personal. Por supuesto que lo es para cualquiera, pero no en el sentido que le daba Pedro: él pretendía entablar un combate cuerpo a cuerpo con los segundos, los minutos y las horas, sabiendo, evidentemente, que lo iba a perder, como todos. De joven tuvo una actitud casi mesiánica, a la que dio forma poética en el Manifiesto, de 1983. Había algo que también se traslucía de alguna manera en su presencia: de muy joven en Marruecos lo tomaban por un santón, y en España por un hare krishna. Por su delgadez, vestir de blanco o azul con camisas holgadas y raparse la cabeza. Más tarde fue alejándose de eso, dulcificó su mirada, aunque mantuvo siempre su fascinación por la manera que tiene el cine de atrapar el tiempo, dejándolo a la vez escapar. Él quiso que esa cualidad la compartiera la poesía. En cuanto a la futurización, en todo momento estuvo convencido de que era bueno en lo que hacía, y, aunque no buscó el éxito en la vida y prefirió verla a veces desde lo alto de una tapia o de un tejado, nunca consideró que su trabajo fuera banal o efímero.

Los versos de Pedro poseen un raro equilibrio que superpone certezas absolutas que hacen interaccionar aquello que asfixia con aquello que libera. Cuando se lee su obra parece que hay muchos hombres dentro de ese hombre delgado que nunca flaqueará. ¿Era Pedro en su día a día ese ilusionista con capa de satén que el lector imagina mientras lee sus textos y al que sus contemporáneos se aferraron para salir de la rutina?

Pedro, sin ser en absoluto bipolar, tenía dos caras. Ésas que precisamente se pueden ver en esta acción literaria, en estos 366 días de destellos encadenados que están aún en curso. Mucho sentido del humor, mucho deseo de juego, inocencia y hasta frivolidad. Y una losa existencial que lo torturó y acabó con él, así que también lo liberó. Flaqueó, como todos, y más aún al final de su vida, pero no, desde luego, en su desenlace.

Pedro es un poeta que parece dormido en la memoria de las editoriales. ¿Pensáis que ‘366 días’ hará que su obra completa se reedite? ¿Han recibido ya alguna propuesta? De ser así, ¿aparecerán documentos inéditos? ¿El homenaje acaba cuando demos carpetazo a este corrosivo 2020?

A veces parece que su poesía no encaja con lo que mucha gente, incluyendo los editores, entiende por poesía. Sin imposturas o poses, con lo falso que puede sonar esto, tan manido hoy como ayer y como lo será siempre, Pe Cas Cor fue un radical que quiso crear un camino propio. La idea de los 366 días, en su momento 365, porque surgió en año no bisiesto, estaba ya en marcha cuando inopinadamente se puso en contacto con nosotros Elena Ramírez, de Seix Barral. Quería reeditar los Poemas Encadenados, dándoles nuevo impulso. Así que ambos proyectos confluyeron casi naturalmente, y fuimos trabajando en paralelo hasta que llegó este desastre que ha marcado el año 2020 y todas nuestras vidas. La nueva edición, ahora sin fecha de salida, tendrá varios inéditos, tanto originales de Pedro como documentos relativos a su obra. Está planteada como un bello homenaje conmemorativo, con un nuevo prólogo y otras aportaciones, pero lo honesto es decir que el que tenga el libro de 2003 tiene la poesía completa de Pedro, si descontamos los iniciales Poemas Apaisados del Caballero Inmaduro (1975-1977), aún en estudio.

Pedro es un artista luminoso a pesar de que muchos de sus versos estén salpicados con profundas sombras. Algunas de sus palabras parecen en primera instancia luces de emergencia, pero al final acaban siempre convertidas en poderosas luces de neón ¿Os comentó alguna vez Pedro de dónde provenía, dónde habitaba esa capacidad de abarcar entre sus manos ambos extremos?

Todo estaba en su interior, y posiblemente lo encontró allí en la infancia o la primera adolescencia. Pedro convivió con sus hermanos como uno más y durante una cantidad de años fuera de lo habitual, pero era una persona reservada y no hacía ese tipo de confidencias. Todos veíamos las luces y tratábamos, sin conseguirlo, de ahuyentar unas sombras terribles, negras y muy dolorosas. Sufríamos con él, al mismo tiempo que admirábamos su clarividencia. Pedro gustaba de la imagen simbólica de la cicatriz o el tatuaje. Convivir con él nos marcó de por vida.

A pesar de su desbordante imaginación, Pedro es también un poeta muy apegado a la realidad y a ese realismo vital que va despedazando al ser humano. Alguno de sus versos provocan un escalofrío: “Dónde está la fruta para nosotros los débiles / caen las naranjas / siempre en otras manos / ¿por nuestra culpa, madre, / todos esos gajos / desprendidos?”. Pero también es un hombre hábil para jugar con la ternura, para mostrar ese Peter Pan que sería capaz de reescribir la Historia para que el mundo no sea la bola a la deriva que ahora es: ¿Creen que es en esa contradicción tan productiva donde radica lo intemporal de su obra?

Seguramente sí. Un realismo a veces muy crudo dialoga con la ternura, y de ahí surge una chispa. Una manera de ser intemporal es no aburrir nunca, y aunque Pedro pensara que el aburrimiento, en lo que implica de ausencia de dolor, es una manera de acercarse a la felicidad, no lo provoca con su literatura. A pesar de que su idea del artista interior le lleva a negar cualquier efectismo a la obra visible, exterior, consigue que en medio de lo aparentemente más anodino aparezca algo que brille, o que duela, o que levante una sonrisa y algo más.

Para terminar, retomo la última frase del epílogo publicado en ‘Poemas encadenados’ (1977-1987) editado en 2003 por Seix Barral, en el que Pedro Casariego H.-Vaquero dice: “Su ausencia es inabordable”. Porque ese bello final y todo el epílogo me ayudan a haceros esta pregunta: ¿Qué ha supuesto reencontrarse con los daños y los gozos de un poeta tan estricto y tan soñador al mismo tiempo? ¿Qué ha supuesto estar de nuevo bajo su cegadora luz y soportar el peso de sus sombras? ¿Sois conscientes de que a través de está “resurrección social” la “inabordable y exquisita” rareza de vuestro hermano se ha convertido a día de hoy en un testamento que acoge de inmediato los nombres de todos aquellos que se acercan a sus redes sociales?

La pregunta es muy bella, y vuelve sobre todo lo anterior. La ausencia de nuestro hermano es tan inabordable como la que provoca, siempre y a todos, la muerte de un ser querido. En su caso tal vez más porque su suicidio nos hizo perder, o quién sabe si ganar, una de las batallas de nuestra vida. Si esta acción literaria es un testamento, queremos que lo sea para repartir universalmente todo lo bueno y luminoso que fue capaz de crear juntando palabras, boxeando con el abecedario, haciendo trabajar sin descanso a los “obreros azules” de su interior. Para poner azaleas sobre su memoria y quitar todas las cruces.

 

Ver la entrevista original:

elasombrario.com/homenaje-poeta-transgresor-pedro-casariego-cordoba/

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