Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Pedro Casariego, el poeta raro

Artículo de Alberto Gómez

Diario Sur, 18/1/2019

En el epílogo de ‘Poemas encadenados’, su padre lo definió como «un hijo raro» cuya ausencia «es inabordable». Pedro Casariego Córdoba, uno de los artistas españoles más misteriosos y singulares de la segunda mitad del siglo XX, dueño de una originalidad apabullante, nunca cedió a tentaciones ni imposturas. Consideraba que la auténtica creación era un proceso interior que, perfeccionado, no requería expresión. La escritura, siguiendo esa lógica, era una debilidad, el síntoma del fraude que creyó ejecutar en cada verso: «Entono por tanto, al mismo tiempo que el canto sonoro y compulsivo de las palabras manchadas, un mea culpa sincero».

Le bastaron seis libros y una década, entre 1977 y 1987, para tejer su obra poética, repleta de personajes atormentados o frívolos, profundos o ridículos, azotados siempre por las obsesiones de su autor: la incomunicación, la muerte, el tiempo, Dios. La inquietud era real; Casariego vivió sumido en la angustia, roto por su incapacidad de entregarse al silencio, «el primer y último canto». Las palabras aparecen en sus poemas como lastre y salvavidas, en cualquier caso un obstáculo para la pureza. «Sólo soy un verdadero artista mientras vacío el lavaplatos», escribió. Su padre, que destacaba de él «virtudes poderosas» como la honestidad y el estoicismo, características «que nos sirvieron de ejemplo y marcaron a fuego a la familia, que se hizo mejor», aunque «también nos produjo desasosiego», lo explicaba así: «Su espacio no coincidió con el de los demás, lo que le hizo sufrir extraordinariamente, y decidió cambiarlo por otro más sereno».

En ‘La canción de Van Horne’, escrito en 1977, ya adelanta su desorden creativo, una montaña rusa de protagonistas y acontecimientos más propia de la narrativa que Casariego traslada a la poesía desde una confusión vocacional de la que emergen mendigos y desocupados, personajes acostumbrados a deambular por los márgenes. La atmósfera, a menudo sombría, aparece resquebradaja por la ironía al modo en que los brotes verdes agrietan suelos desgastados: «El señor Web murió / al recibir dos disparos / en la columna vertebral / y un tercero / en la parte posterior de la cabeza / bonito agujero / para una lagartija». Y más: «Zimmermann repite / que necesita un ascenso / necesita dinero para poder separarse / de su tercera mujer».

El poeta madrileño, que solía firmar como Pe Cas Cor, rescata a Kierkegaard, cuyo nombre de pila cambia por Phil, en ‘El hidroavión de K.’, donde advierte a sus lectores: «Si continuáis leyendo / os enviaré por correo (…) una revista / de aventuras violentas / para adultos». Al apellido del filósofo danés, considerado padre del existencialismo, con quien se sentía identificado por sus continuas crisis, le atribuye un personaje atrapado en una vida soporífera pero convertido en un dios cuando sueña.También ‘La risa de Dios’ escarba en el terror interior, aunque sin renunciar a las píldoras de ternura que Casariego regala entre poemas: «Oculté mis sentimientos / en un bolsillo de mi chaqueta».

Tiempo y amor

El tiempo y el amor quedan escrutados, bajo el horror de la guerra, en ‘Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos’: «Schneider / llora llanto seco / dentro de su bata de nanquín / oh mangas quietas como lutos. / Siento lo mismo que tú: / la muerte de tu hijo». Poco después, en ‘La voz de Mallick’, introducido por un texto donde sostiene que «el autor de este libro no es su verdadero autor», una aclaración que hila de nuevo con la inseparable sensación de fraude que le acompaña cuando escribe, su expresión del dolor se recrudece. El poeta llega de un silencio «más largo / que el camino de la serpiente». Como en anteriores obras, reduce la limitación del lenguaje mediante caligramas, con versos dispuestos en diferentes formas, hasta crear poemas visuales que recortan la dificultad de representar la realidad.

‘Dra’, publicado en 1986, es su último libro de poemas. Luego arrincona su máquina de escribir para dedicarse a su obra pictórica, compuesta por más de un centenar de lienzos. Pero no es cierto que Pedro Casariego dejase de escribir. Meses más tarde lanza ‘La vida puede ser una lata’, donde combina dibujos y textos que incluyen sus versos más recordados: «Soy el hombre / delgado / que no flaqueará / jamás».

Tuvo tiempo para componer ‘Pernambuco, el elefante blanco’, un cuento ilustrado que regaló a su hija Julieta la mañana de Reyes de 1993. Dos días después se quitó la vida, «mordido por un tren hambriento», arrojándose a las vías de la estación de Aravaca. Tenía 37 años.

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