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Afeitarse todos
los días puede ser un pecado terrible. Afeitarse todos los días es alejarse
definitivamente del arrayán y del aire. Admiro a las secretarias que
se afeitan cada mañana antes de ir en helicóptero a las oficinas del
centro y de cristal. Esas pecadoras modernas irradian ternura y tienen
una moral a prueba de bomba. Cuando cometen una falta de ortografía
nace una flor. Cuando me miro en el espejo veo un hombre de un solo
color, de un solo pantalón, de un solo disco, de una sola pieza, de
28 años: azul, tela eterna, Breezin', un rompecabezas, 28 años. Sólo
me lavo a fondo cuando la vislumbro. Cuido con esmero el pequeño jardín
de mis padres. Olvido los nombres de las plantas y de las flores. Bebo
café entre los obreros y ya sólo invento horarios fijos: sólo soy un
verdadero artista mientras vacío el lavaplatos. Mis gafas se me antojan
tan crueles e indispensables como la risa de Dios.
Todos seremos
pianistas si desaparecen los pianos.
Justo es reconocer
que cuando me miro en el espejo veo un hombre acabado. Por ello me sorprende
que se me haya brindado la oportunidad de acceder a estas páginas limpias
y secas para hablar de mis palabras. La única razón que encuentro a
esta convocatoria, pecado multiplicado por mi asentimiento a ella, es
que quizá existiera en mí un buen principio, prolífico y asesino de
lo verde como la hormiga. Lo aquí grabado corresponde a aquellos días
azules. El color azul fue y es mi única excusa, mi primera y única coartada.
No puedo sino
ceder inmediatamente a la tentación, que me atrae como si de tabaco
se tratara, de difundir que suscribo todas las conclusiones que pueden
y deben extraerse de la concienzuda lectura del ensayo de Manfred Kaltz
titulado "El artista en cuanto ser inferior", manuscrito en época tan
sospechosa como la que incluye el año de desgracias de 1939. Mando imprimir
aquí, para corroborar mi dolorida sumisión a tal tratado, y para que
sirva de prólogo y quizá de epílogo, el texto, siempre mutilado, de
mi único manifiesto:
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Santificamos a Dios,
hicimos de Él un Santo; caminábamos campos en pos del cielo, cerrábamos
campos con Iglesias. Luego, misteriosamente, bajó la cotización de las
acciones de Dios en la Bolsa inmaterial de las almas: adiós a la religión
de Dios, un adiós dubitativo porque el pañuelo aún se agita. Desnudos
buscábamos cobijo para ocultar lo que veíamos, no éramos capaces de
regalar nuestras llagas a la muerte, llagas envueltas en papel de renuncia
altiva. El boxeador se desangraba, y nos resistíamos a arrojar la toalla.
El árbitro del combate, el eterno hombre que pastorea, nos miraba, y
su retina nos cubría con reproches que herían. Inventamos entonces la
religión del Hombre, bautizamos con cultura nuestra sagrada ignorancia,
ignorancia sabia, la única herencia de Dios. ¡No sabíamos que sólo nuestra
ignorancia, la brutalidad celeste, nos hacía semejantes a Él! ¡Sólo
alejándonos de las falsedades eruditas podríamos enfrentarnos a Él con
una espada limpia!
Desolada quedó
la piedra de las iglesias, y los hombres, que seguían sin ser hombres,
trasladaron a los museos lo más vacío del espíritu de Dios. ¡Lentamente
los artistas, la cojera de los corazones, ascendieron a los altares
empujados por un aliento de sensibilidad vacía! ¡Desconocíamos tantas
verdades! Los impíos artistas exteriores tomaron el relevo y la antorcha,
cargando así aún más nuestras resignadas espaldas, y sus esclavos, los
esclavos de los artistas exteriores, hablaron de sus amos con sucias
bocas de miel, ayudaron a la propagación de la enfermedad de la cultura
visible, construyeron museos para albergar monstruos que sustituyeran
con ventaja a los decrépitos dragones, dictaron conferencias para menopáusicos
y menopáusicas, encendieron eléctricas luces para alumbrar fósiles miserias,
cometieron el grandísimo pecado de teorizar teorías: quemaron la huida
de las almas rebeldes.
Estúpidamente
negábamos, ciegos negábamos lo evidente: sólo existe el artista interior,
sólo se puede ser artista secreto, la comunión todo lo mancha. ¡Estábamos
canonizando a los más débiles, nombrábamos doctores a los incapaces...!
¡El artista
debe crear dentro de sí mismo!
Si un Médico
tomara la temperatura a los que creen ser hombres, diría que todos ellos
albergan vana y terrible fiebre de homenajes y adulaciones.
Inventemos
un termómetro de audacia; convirtámonos en hombres, aunque sea para
desaparecer: os propongo entonar conmigo, sin mí y en silencio, el primer
y último canto, el canto de la digna y mortal soberbia.
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Escribí este rosario
de letras hace algún tiempo, justo antes de comer y sin haber desayunado:
no hay mejor escuela que el hambre, incluso la efímera, como no hay
mejor esposo que el monje, que Mallick. No se escribe una obra literaria:
se incurre en una obra literaria. Manufacturarla significa, si no se
trata de un fraude aún más grave, desnudarse, y yo "desprecio a los
que se desnudan" (entiéndase metafóricamente).
Entono por
tanto, al mismo tiempo que el canto sonoro y compulsivo de las palabras
manchadas, un mea culpa tan sincero como el eco, tan sincero como Mallick,
tan lejano como Wataksi, tan ajeno a nosotros como todos nuestros destinos,
tan fugaz como la prostituta mulata que visita mi celda cada mes.
Convencer
al Otro de algo, y os remito a uno de mis poemas más desconocidos, es
el suicidio por excelencia, por cuanto sólo tenemos nuestros errores,
y éstos son tan pocos que compartirlos no es de buen cristiano silencioso,
sino de cura parlanchín anclado a la sequía del púlpito.
Esconded vuestras
monedas místicas, y recordad que no es menester regarlas: ellas solas
se propagan sin necesidad de amor con la ayuda de una boca muda y del
rastrillo sin dientes de la noche. Aquellos de entre vosotros que desoigan
y desobedezcan serán premiados, a ellos, por regar, basta una sola gota,
su propio misticismo con sangre sabia, les otorgará la vida premios
y mercedes innombrables.
Bendito sea
el que no haga caso, el que se aparte del misticismo como de la serpiente,
bendito sea mi maestro el impuro, bendito sea el feliz, porque le es
lícito tener hijos que labren e hilen, bendito el que no lee y actúa,
el que se aleja de las letras de cambio, que son todas, bendito el que
elude el abrazo del calor, bendito el que ama el frío, benditos los
corazones congelados y baratos.
¡Sólo os pido
que atornilléis vuestros huesos a la brisa, hombres pobres, que talléis
en piedra vuestros gestos, hombres sin esperanza, jueces el día del
Juicio Final!
Sólo debéis
reclamar aquello que ya tenéis, pues jamás ha sido vuestro. ¡No exijáis
estrellas! ¡Exigid vuestra piel y vuestros ojos, la flor que no habéis
pisado, el pájaro que todavía vuela!
Desangraos
en la construcción de un caballero interior afín a la gloria y al vacío....
No me hagáis caso, sólo os requiero para que asumáis la defensa del
bruto, del verdadero poeta, del leñador, del iletrado.
¿Qué edad
teníais al nacer?
Y ahora, junto
al tic tac del reloj que aflige, que exacerba el hambre de infinito,
ahora o nunca, no puedo menos de exponer una de las obligaciones ineludibles
del poeta de segunda, del poeta que escribe: este poeta condenado que
a nada sobrevive ha de revelar la naturaleza de la gran tragedia, del
precio de la piedra, del precio de cada pan, de cada lágrima, de cada
rugido, de cada hombre. Como un gran número, en torpes números redondos
la tiranía del Altísimo, del Jugador de Baloncesto que ve un aro en
cada luna y en cada nube, se desmenuza en precios pequeñísimos, en decimales
como moscas que nos ahogan y nos miden y nos pesan y exigen que adelgacemos,
que añadamos músculo al trigo, que hablemos de lo que está arriba y
de lo que echamos de menos, de las limitaciones que se nos han impuesto.
¡Llevamos
la semilla de la insatisfacción, y Dios, campesino en sus horas libres,
manda brillar al sol, caer a la lluvia, morir sin nacer a la helada
y al granizo! ¡Jardinero en lo azul, ¿cuánto vales Tú?, nos has hecho
saber el precio de la lágrima y sentir el ansia de infinito! ¡Redímenos
ahora de esta miseria en la sombra, de esta sombra que vibra aun en
la noche más oscura...! ¡Colma todos nuestros bolsillos de billetes
de Banco o, si no hay suficientes billetes allá arriba, baja los precios
del espíritu y haz que nos contentemos con esta nada!
Hoy se ha
fundido la bombilla de las flores. Hoy los monos intermitentes ya no
nos hacen gracia.
Hoy las cabezas
de los mendigos han perdido su chistera.
Hoy los chistes
los cuentan los dentistas para sacarnos los dientes.
¡Pero también
hoy hay una ----- muy misteriosa que me mira con las manos y me busca
con los ojos! Salpicado de bailes por -----,
pierdo la
regla de cálculo
y soy casi
misterioso
Pedro
Casariego Córdoba
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información sobre este manifiesto:
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