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Mira,
Q., hijo mío, qué afilada y jugadora la hoja de mi cuchillo.
¿Te da miedo? Mira hacia lo alto, míralo todo: atardece, pero
no debes tener miedo, éste es un imperio sin noche, un imperio
luminoso y sin farolas, una victoria: ya sabes que el reino
es el error de los súbditos del rey, y que el imperio es el
error de los reinos vecinos. Aquí nunca anochece, aunque el
aire negro parezca inevitable y el cielo beba como ahora el
rojo de los labios y la sombra del guerrero. Mira, ya se ha
ido el atardecer con su única sílaba, una vez más la luz ha
conseguido pronunciar la sílaba que conjura las tinieblas. La
noche que jamás veremos se ha ausentado y la mañana es nueva.
¿De qué sabidurías se habrá valido el sol para no ponerse en
nuestro imperio? Algo nos protege, algo vela por este imperio
sin noche, sin noche sin farolas y sin emperador, o con tantos
emperadores que sus órdenes se contradicen y se devoran en los
campos dormidos y en las calles de serpiente, Q., hijo de todos
los emperadores cuyos mandatos no pueden cumplirse porque son
infinitos, recuerda esto siempre, como se recuerda la inmovilidad
de la verdadera bailarina: la única tradición, la única ley
es aquí la del azar, y de ahí que manifestemos sin cesar un
amor puro y desmedido por el riesgo. En otras tierras, en los
reinos quinquenales y del interés compuesto, los que ven ayudan
y conducen a los ciegos, los toman de la mano para hurtarles
al fragor del coche repetido. Aquí en el imperio los ciegos
nos transportan orgullosos entre ruedas asesinas, y los que
por ello mueren son luego venerados con la gloria del olvido.
El papel que aquí desempeñan los ciegos cruzacalles es sólo
un ejemplo de nuestra forma de ser, y el imperio prospera porque
se somete a los caprichos de la fortuna. Los descontentos, malditos
sean, denuncian que en nuestra prosperidad, que se les antoja
misteriosa, hay gato encerrado. Y ahora, hijo mío, si te cuentas
entre ellos, si quieres ser confusión de carne y acero, descríbeme
al gato, ese gato cobarde que no existe.
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