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SHAHN:
Todavía no hemos nacido ni tú ni yo y ya me abrazas. Este barril
inmenso y vacío en el que estamos malogra tus abrazos, en él
tus brazos torpes resbalan sin calor. Aún no has aprendido a
ser nocturno.
ÉL: Shahn, madre, madre llana, selva, madreselva, blanca espina
sin cobre, eres aroma en ventana al caer la noche.
SHAHN: Necesito un hombre nocturno con un parche en el ojo,
sólo un hombre así puede hacerme olvidar que no he nacido, tú
no eres nocturno y me haces llorar sin hacerme daño.
ÉL: Una herida en la nieve, el hollín de mi corazón marcará
para siempre tu nevada, nadie sabrá borrar las huellas del lobo
sangriento que guardo en mi pecho. Seré nocturno y salvaje si
así lo quieres, en este limbo pensativamente quieto yo prefiero
la hoja del cuchillo a las hojas de los libros.
SHAHN: Estoy llorando, lloro porque no siento nada cuando me
abrazas, es como si estuviera comprando el periódico y una barra
de pan, me aburro y lloro, un mostrador sucio se interpone entre
nosotros, el mostrador está tan lleno de polvo que si fuera
un avión inglés se estrellaría.
ÉL: No lloras, Shahn, sólo finges lágrimas, todavía no has nacido
y ya lloras, tus lágrimas humedecen tu traje guarnecido de estrellas
tímidas, mujeres vergonzosas que no se atreven a encenderse
con un baile, aunque la orquesta es magnífica y la noche estrellada
y ningún avión inglés se estrella, todo resplandece junto al
bosque bajo las bombillas científicas.
SHAHN: No veo al director de la orquesta. Creo que me estás
engañando.
ÉL: Claro que le ves, es el hombre del bigote que parece un
domador de leones. Es difícil verle porque quinientas parejas
alocadas le rodean.
SHAHN: Sí, ahora todos cambian de pareja, y el humo que brota
del calor de las risas me marea un poco y me impulsa a dejarme
abrazar por ti, y también a alejarme del llanto y a acordarme
de tus manos, tus manos me columpian tanto que llega el verano
y estoy en un jardín mojado y mis padres están tristes y preocupados
porque no pueden pagar al jardinero, y se enfadan cuando yo
grito y me mandan a la cama y yo lloro porque es muy pronto,
mi madre me arropa y yo lloro y ella canta y entonces dejo de
llorar y me duermo entre tus brazos.
ÉL: Hay un lunar en tu espalda, un náufrago asustado que pide
auxilio y no se resigna a hundirse porque ya ha nacido y el
instinto de conservación le domina y bebe agua salada y aparece
un camarero que ofrece hielo al náufrago, el agua salada está
a 23 grados y el náufrago agradece mucho el hielo y bebe tres
vasos seguidos de agua salada y da las gracias al camarero y
el camarero se marcha en una motora y el náufrago se ahoga después
de rezar un poco y nadie escucha sus oraciones, las ballenas
suelen ser sordas y los tiburones están ocupados cazando algo.
SHAHN: No sabía que tuviera un lunar. Nunca me he visto la espalda.
Los espejos escasean en este barril grande, aquí sólo conocemos
a los otros, nuestros propios cuerpos se apartan de nosotros,
nos evitan y nos rehúyen desvaneciéndose en el aire claro como
luz en invierno y salto mortal.
ÉL: En la espalda de Shahn un lunar es tan bonito como una luna
llena en el cielo del lobo que aúlla y se lanza en pos de la
carne que late antes de sonrojar el territorio helado.
SHAHN: Casi me conmueves, tiemblo como un olmo furtivo, tiemblo
amarilla en medio de una carretera nacional, estoy paralizada,
parada en mitad del viaje de los coches ultramodernos, un enorme
camión pálido se dirige hacia mí cargado de vacas y de cerdos
y de lechugas, el conductor, veo perfectamente el color de sus
ojos, hace sonar la bocina poderosa y yo sigo inmóvil y una
de las vacas muge para advertirme el desastre y la vaca no quiere
morir y yo tampoco, una lechuga se vuelve loca y muge mejor
que la vaca y empieza a pedir hierba fresca y jugosa y uno de
los cerdos, precisamente el que estaba secretamente enamorado
de la lechuga, muge también para imitar y seducir a su amada,
y entonces el conductor de los ojos grises consigue frenar haciendo
un verdadero alarde y se apea del camión echando chispas y comprueba
con asombro que en su camión no hay más que preciosas vacas
de quinientos kilos todas gordas y sonrosadas y bien cebadas,
luego el conductor se arrodilla y da gracias al cielo por fin
podrá pagar las deudas que había contraído jugando a la ruleta
en Cannes y además podrá adquirir una finca con piscina entre
los sauces llorones y sus padres pagarán al jardinero, éste
no tendrá que emigrar a Australia y la mujer del jardinero ya
no le pedirá el divorcio y le hará la cama como antes con sábanas
de seda muy limpias y ya no se le quemará nunca más la sopa
a la mujer del jardinero, ella irá a la peluquería más cara
de la ciudad y su pelo será rubio por primera vez y celebrarán
el acontecimiento con un gran beso un beso tan dulce como el
del día de la boda, el conductor del camión se persigna y por
fin se digna mirarme a mí, a la responsable del milagro de la
multiplicación de la vacas de lujo, y en ese mismísimo instante
el calor de agosto exacerba su deseo y parece como si nada pudiera
aplacar la pasión que le domina y me abraza con furia como tú
ahora y el amor más puro se infiltra en mis venas y pienso que
mañana bordaré para él una colcha maravillosa y decido estudiar
astronomía para convertirme en una famosa astrónoma y hacer
más tarde un viaje espacial a Marte con el conductor como segunda
piel, y acabo de elegir el color y el tamaño del cohete, el
cohete será tan espacioso y tan espacial que podremos dar largos
paseos dentro de él e incluso montar a caballo, la yegua torda
será para mí, de eso no hay duda, él pilotará un caballo negro
que batirá todas las marcas de velocidad, nosotros nunca aminoraremos
la marcha y estrechamente abrazados descubriremos planetas y
sensaciones, ahora me siento tan eufórica que me atrevo a asegurar
que él y yo seremos el autorretrato de la felicidad, y todo
ese milagro por unas cuantas vacas bobas que ni siquiera saben
el abecedario y que se limitan a mugir y a dar carne y leche,
aunque a veces el mugido y la carne son más delicados que un
poema, los ojos grises del hombre que amo levantan una muralla
entre la tristeza y yo, mi conductor, no encuentro palabras
para describir las viejas tradiciones amorosas que despierta
en mí mientras acaricia mi lunar, sus caricias son bruscas y
desmañadas pero pintan un reguero de pólvora que alumbra eternamente
los caminos que inventamos alrededor de Marte, nadie sino él
sabe ahuyentar los latigazos de la pena y un día sonríe y me
dice que nadie podrá desterrarnos del cielo.
ÉL: Soy yo quien te sumerge entre sus brazos, aquí no hay conductores
ni vacas prodigiosas ni señales de tráfico, este barril sediento
cobija almas futuras, este limbo soñado sólo acoge una espera
común, aquí el sol sale oscuro y sin brillo, las telarañas tapan
la fuerza del sol y lo detienen, a veces parecemos estatuas
que de vez en cuando traicionan y se mueven, estatuas que a
veces sugieren destellos de amor, pero quizá, Shahn, ese amor
sea siempre hueco y transparente, y el amor ha de ser espeso
y pesado y opaco, el viento de la tarde se lleva el amor ligero
entre hojas de otoño rojo y lo abandona en un descampado encima
de una rueda pinchada junto a un gato, allí el amor ligero se
pudre y se espesa pero ya no sirve para nada y un chatarrero
lo vende al peso, y como el amor ligero es un peso pluma el
chatarrero lo vende muy barato y recibe una moneda rugosa con
la que compra una cerveza, así el amor liviano y transparente
y leve se transforma en un trago de cerveza en una garganta
mojada, Shahn, no quiero que nuestro amor sea ligero, me niego
a verlo desaparecer como una gota de agua sobre el asfalto,
Shahn, vas a verme construir un árbol indefinible con tus pájaros
despiertos, será un árbol misterioso y áspero que nadie osará
talar, en él se posarán las nubes y la niebla sobre todo la
niebla que todo lo confunde, esa niebla que hermana campanarios
y campos y trigales y el vuelo bajo de los hombres solitarios,
será un árbol cuajado de sombras, salpicado de manos abiertas
y escarcha.
SHAHN: ¿No oyes nada?
ÉL: No, no oigo nada, sólo oigo el rumor de tus dedos y el estruendo
de tus pies y el murmullo de un lago que aprende a andar cuando
te mira, Shahn, eres breve y dulce como los telegramas de amor
que nos envían las tormentas peligrosas, los truenos cantan
y la tierra seca se estremece y los rayos nos persiguen y la
muerte nos desafía y tú no has nacido pero tienes miedo, y de
pronto te das cuenta de que yo me he convertido en pararrayos,
y las cosas cambian y buscas mis manos y ya no hay grietas en
mi alegría, y poco tiempo después la tormenta inquieta se va
y la tierra blanda se curva y resurge el cielo y tus labios
rojos permanecen en mi sombra, así que yo me vuelvo loco de
alegría y me disfrazo de explorador y recorro el desierto con
mis viejas gafas de bucear puestas, y llego a un oasis y soy
un beduino feliz y te mando un telegrama que habla de cerillas
apagadas y de tormentas y de estrellas fugaces y de lagos viajeros.
SHAHN: Oigo algo, estoy segura de que oigo algo.
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