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No
soy nada. No soy casi nada. No soy prácticamente nada. Pero
al mismo tiempo soy alguien. Dentro de mí nadan miles de peces
inocentes o perversos. Grandes branquias de todos los colores.
Los peces inocentes son mucho más fuertes. Dueños de un vigor
sin misericordia. Los peces malvados fracasan y muerden el polvo
del mar.
Soy sin duda muchas cosas.
Ella está a mi lado. Yo estoy en la cama como siempre. Con las
manos detrás de la cabeza. No necesito comer. Me basta con las
lubinas, las truchas y las algas, los caballitos de mar que
se despistan en mi estómago. Vivo del aire. Muero del humo.
Alquilo los caladeros más ricos a los pescadores más diestros.
Me enriquezco sin dar ni golpe. Soy un terrateniente más. Un
terrateniente especial. Porque mis tierras están sumergidas.
Hay en ellas un cementerio blanquecino. Sus cruces brillan al
sol tímido del fondo del océano. En el cementerio desvaído pescadoras
jovencísimas lloran a sus ahogados. Fui yo quien los mandó al
otro barrio con un golpe de mar o de furia.
Ella yace a mi derecha. Con todo el pudor de su boca cerrada.
Es una mujer de pelo báltico y excelentes modales. Con todo
el candor de su desnudez invisible. No sé si está muerta.
Qué más da.
Si ella está realmente muerta, mis únicos padres se llevarán
un buen chasco. "Terminarás por casarte con ella, ya lo verás,
no digas de este agua no beberé porque el agua puede convertirse
en vino, es ley de vida".
Adoro el rastro de hielo que dejan los altares al marcharse.
Los médicos dicen que soy un farsante, que tengo cuerda para
rato. Como si yo fuera un vulgar reloj de pulsera. Las mujeres
que llevan pulsera me ponen enfermo. Supongo que se trata de
una reacción claramente patológica. No estoy seguro. No puedo
estarlo. Estudié más bien poco. Me dediqué a merodear por ahí.
A atravesar con alfileres las miradas hostiles. A dormitar en
las vías de los trenes harapientos. A tantas cosas.
Hace unos cuantos años. Me afeité con esmero. Me puse una de
mis levitas. Me encasqueté el sombrero de copa que me ayuda
a soportar el alcohol. Estaba lleno de energía y de audacia.
Me apetecía bajar los escalones de cuatro en cuatro, de seis
en seis, y llegar a la calle en un abrir y cerrar de ojos. No
pude hacerlo. Sólo había dos escalones. Y mis párpados habían
desaparecido. Un calor soñoliento se extendía por las aceras.
Los ángeles arruinados tiritaban a pesar del calor. Enloquecidos.
Quemaban las mantas municipales para calentarse.
¿Cómo es hoy la calle?
Llevo demasiados siglos sin salir.
Aquel mismo día. Temperatura altísima. Las estrellas parecían
casi tan altas como los tejados minerales. Una ilusión óptica
más. Pulcros orfebres corrían hacia la deshonra. En los estanques
los torpedos asesinaban a los patos. Un aburrimiento mortal.
Como de costumbre el tabaco se desangraba en las bocas de los
paseantes. Me quité el sombrero de copa, y entré en la siniestra
farmacia de guardia. Pedí una caja de preservativos. De repente
me di cuenta de que no había traído dinero. No llevaba nada
de valor. Ni una sola cadena de oro. Ni siquiera un simple paisaje
pequeño pintado por un artista supuestamente célebre. Ni una
caracola de mar, esos artilugios tan socorridos que sirven principalmente
para enamorar a las dependientas ligeramente maduras mientras
se les habla de los viajes de recreo, la fina arena de playa
y los precios disparatados de las cunas. Me vi obligado a pagar
con un cheque.
Sí, con un cheque.
Un cheque firmado con una pluma prestada. Un cheque tan amarillo
como el pelo de la mujer que parece agonizar junto a mí.
He pasado muchos meses junto a ella en esta cama. Una cama modesta
acompañada de un colchón celestial. Muelles, más muelles y comodidad.
Aquí y allá, en la almohada y en el sobretodo que uso de pijama
para ahorrar calefacción, lagos secos de semen. Un derroche
salvaje. Un inconmensurable despilfarro de materia orgánica.
Lagos mínimos. No me gusta exagerar.
Aquel famoso día. Yo era un hombre recto entre los árboles degenerados
de la ciudad. Los ángeles cocinaban plácidas nubes. Una serenidad
que me asqueaba. Antes de visitar la farmacia había pensado
que los malditos ángeles pedigüeños estaban locos. Nada más
alejado de la realidad. Nadie más cercano a la cordura que los
ángeles implorantes que incendian mantas en verano para que
los internen en los lujosos manicomios de los arrabales. Uno
de aquellos impostores de alas irrompibles ensuciadas para inspirar
compasión a los incautos me pidió un poco de comida. Un mendrugo
de pan, por el amor de Dios, buen hombre.
Yo vomité las espinas de un salmón en la cara perfecta del ángel.
Proseguí mi camino imposible hacia la indiferencia absoluta.
Pero siempre surgía algo que me apartaba de mi meta. Me sentía
inevitablemente romántico. Anduve unos centenares de metros
con la mirada entoldada por la emoción, y arrojé todos los preservativos
a un charco que no había sabido evaporarse. Todos menos uno.
Todos tomamos precauciones. Todos los miserables.
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