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Los
actuales miembros de la Secta nos encontramos hace muchos años,
tantos que casi ninguno recuerda la fecha exacta y algunos de
los más inconscientes y desmemoriados ni siquiera la época,
en un punto inconcreto, probablemente la estación de ferrocarril
de un pueblecillo semideshabitado. Quizá la larga espera nos
impulsó a hablar y resultó, tras unos primeros pasos de conversación
insulsa, que todos estábamos unidos por dos lazos casi indestructibles:
un amor febril por las Mayúsculas y una búsqueda frenética,
y secreta a menudo, de la Inmortalidad.
Nos alejamos, seres de rostros y maneras dispares, del punto
inconcreto, y comenzamos a ascender por las montañas abruptas,
arribando a un valle verde, sería primavera, sitiado por cumbres
eternamente nevadas, y, de común acuerdo, fundamos la Gran Secta
De La Mayúscula y La Búsqueda De La Inmortalidad.
Ya hubo mayor dificultad para elaborar las indispensables Reglas
de Conducta Comunitaria. Se acordó la Prohibición de hablar
entre nosotros o con potenciales extraños durante todo el año,
excepto en la semana de Cónclave Permanente, lo que originó
el Primer Acuerdo. Durante él se hablaría siempre con Mayúsculas,
pero el tema central sería el exponer los resultados alcanzados
en la lucha de cincuenta y un semanas por la Inmortalidad.
El Segundo Acuerdo fue la proclamación unánime de la libre elección
de dioses particulares, me duele tener que escribirlo en minúsculas,
a los que nos acogeríamos y con los que podríamos hablar a solas.
Esta última frase del Segundo Acuerdo ha tenido, a mi modo de
ver, resultados nefastos, pues cuando la Comisión Vigilante
encuentra a algún miembro de la Secta charlando con otro, los
dos, al mismo tiempo, alegan estar hablando con sus dioses particulares,
ya sean El Agua del Manantial, La Nieve que se Derrite o La
Hierba que Nace con el Sol.
Los resultados habían sido siempre nulos y nuestros rostros,
ahora todos de mandíbula cuadrada modelada por los vientos rasos
que corren por las ventanas abiertas del Monasterio alado, alojaban
unas pieles cada vez menos tirantes.
Pero en el pasado Cónclave, hace ya once meses, uno de los Grandes
Directores afirmó, bajando una y otra vez la cabeza rapada y
la mandíbula más cuadrada de todas por dormir cerca de la Gran
Ventana, haber encontrado la Inmortalidad.
Para él, según dijo, la Muerte es la Fuga del Tiempo, con Mayúscula.
Y nuestro común error, aseveró, haber tratado de vencer al Tiempo,
cosa que es imposible. Y al decirlo miró a los sectarios de
papadas colgantes. Y él se dio cuenta de que el Tiempo se compone
de un número indefinido de tiempos con minúscula. Aquí se vio
atacado por los más fanáticos, indignados por haber traído a
colación la Minúscula en el Cónclave anual. Sin embargo, el
Gran Director siguió impertérrito su discurso.
Cada tiempo se constituye con los segundos dedicados a una actividad
determinada. El Tiempo, indudablemente, tiene un volumen en
el que va introduciendo los tiempos transcurridos, los cuales
van ocupando el mismo lugar, tanto si duraron dos segundos como
dos horas.
Por lo tanto casi gritó el Gran Director, nuestro
deber es crear un número cada vez mayor de tiempos, tan grande
que ocupe todo el volumen del Tiempo, tan gigantesco que se
verifique la Explosión del Tiempo, y con ello alcanzaremos la
Inmortalidad. Por consiguiente, y desde ahora, cada miembro
de la Secta debe ser como las Abejas sobre las Flores, debe
ser Versátil, debe practicar la Inconstancia Constante, y no
debe preocuparse por la aparente futilidad del continuo Cambio
de una Actividad inútil a otra casi perniciosa. Esto lo hemos
practicado durante sólo once meses. Han desaparecido los Sectarios
de Papadas Colgantes, nos rapamos más a menudo el cráneo y la
Piel se pone tirante en las mejillas. Resulta fantástico haber
alcanzado así, de golpe, la Inmortalidad.
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