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Un cochazo de diplomático
aplastó una rosa perezosa y apareció este cuaderno. No hay que hacerse
el incrédulo. Cosas así pasan todos los días. Pasan las horas y pasan
los prodigios. Todo sin estruendo. Es algo tan vulgar y natural como
una vuelta al ruedo o la madre de un torero salmantino. Yo no estoy
en contra de la fiesta de los toros. La verdad pura y simple (¿qué verdad
no es pura y simple?) es que la fiesta de los toros me importa un rábano,
ni fu ni fa. No creas que soy uno de esos que se avergüenzan de ser
españoles por tener eso de los toros como fiesta nacional. Soy español
por los tres costados. Te preguntarás qué demonios pasa con mi cuarto
costado. Aquí tienes la respuesta: me lo robaron en pleno día unos mozalbetes
de tres al cuarto. El más bigotudo dijo: "Dame uno de tus costados,
que he perdido uno de los míos en el bingo". Y yo se lo di. ¿Qué otra
cosa podía hacer? No domino las artes marciales, y las otras artes de
poco sirven en casos como el que lees. Parece mentira, pero estoy tratando
de escribir un poema de amor para ti. Pensaba empezar el poema con estos
versos:
"Tú me has enseñado
que la carne de mujer
no es lo mismo que la carne de vaca".
Luego hablaría de la ternura y la ternera, todo lleno de metáfora, camas
con chinches, mataderos y música de muelles. El poema parecía terminado,
redondito y perfecto... cuando en realidad no había sido capaz de comenzarlo.
Escribir un poema es igual que comer un bocadillo de queso. Si uno se
atreve a morder el pan antediluviano y el queso de penicilina y no se
parte un diente o se lesiona una muela o sencillamente grita a causa
del mal sabor, si uno mastica heroicamente, la victoria es segura.
Pero en mi caso lo que ocurre es que ni siquiera tengo el bocadillo
de queso. Son las tres de la madrugada, un gato imitamonos ladra en
la calle desierta, y en mi despensa no hay una gota de queso ni un trago
de pan. Además tampoco tengo mis calzoncillos mágicos. Cuando necesito
escribir un poema de amor a una cajera de supermercado, a una niña negra
o a una de esas señoras jubiladas que cocinan como los mismísimos ángeles,
me pongo mis calzoncillos mágicos, meto primera y a volar: todo marcha
entonces mágicamente. Pero resulta que mis calzoncillos poéticos están
en la tintorería, y a ver quién es el guapo que los recupera a estas
horas, a ver quién los saca de una tintorería equipada con alarmas y
todos los adelantos imaginables y más.
Como eres una chica que se las sabe todas, una de esas chicas que no
paran de sospechar y recelar, quizá creas que no escribo tu poema porque
soy un tipejo perezoso, un haragán, un sujeto indeseable. Pues bien,
te equivocas por una vez. Mi desidia y mi abulia no tienen nada que
ver con lo del poemita. Lo que acontece (¡cómo me gusta el verbo "acontecer",
casi me gusta tanto como apoyar mi cabeza en tu vientre!) es que estoy
muy deprimido, y me da la sensación de que ni siquiera soy un mal sujeto:
soy como mucho un complemento directo... Me siento como un complemento
circunstancial de lugar, y el lugar es el infierno, este pisito de soltero
que sólo visitan la casera (que no es precisamente una gaseosa) y las
cucarachas que entrada la noche corretean por la ducha sin la menor
intención de lavarse las axilas. (¡Qué deliciosa es la palabra "axila"!;
te pido que la pronuncies cien veces en voz muy alta, y si al acabar
no te sientes celestialmente feliz, te devolveré los diez billetes que
cogí el sábado de tu cartera cuando te fuiste al cuarto de baño).
Ya que hablamos de cuartos de baño, te confiaré un secreto. No hay nadie
tan trabajador como "mi" cuarto de baño. Lo compartimos 16 vecinos y
siempre, siempre está muy ocupado. Ayer llevaba una semana y media sin
poder lavarme. Me sentía angustiadísimo porque tú ibas a venir a verme
con tu camisón invisible de jabón "Lux". Derribé la puerta del cuarto
de baño y me metí de un salto en la bañera, donde me esperaban (es un
decir) la casera, que se tapó los pechos con un dedo, el dedo meñique,
y el contable del 4º, que se dedicaba a repasar el balance anual de
su empresa Producciones Ana Sandra. Le dije al contable que le ayudaría
a repasar la contabilidad (para algo soy licenciado en Ciencias Económicas
y Empresariales) y entre los dos expulsamos a la casera, la dama menos
apetitosa de la vieja Europa.
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