Falsearé la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Falsearé
la leyenda
y ésta
me pertenecerá.

Fanerógamo

Crítica de Agustín Cerezales

ABC, lunes 19/05/2003. Acerca del libro Poemas encadenados (1977-1987)
FANERÓGAMO: despierto con esta palabra en la boca, asociada a “poeta”: Pedro Casariego, poeta fanerógamo. Anoche estuve leyendo Poemas encadenados, el grueso volumen con el que Seix Barral ha venido al rescate de la práctica totalidad de sus versos, varios libros que andaban desperdigados y algunos inéditos.

Oí hablar de Pedro Casariego hace años, cuando murió, pero no lo había leído, ni sé si, de haberlo leído entonces, hubiera sido yo uno de aquellos pocos lectores que se dieron cuenta, desde el principio, de lo que tenían entre las manos.

Fanerógamo: que da flores, que se reproduce mediante fruto y semilla. No es una comparación muy brillante. Además viene a ser una tautología –qué poeta no da flor, qué es un poeta, sino un poeta?–, pero me vale, porque la impresión que me ha producido Casariego es precisamente ésa, la de estar ante un poeta poeta, no uno más de cuantos cultivan y persiguen con mayor o menor grandeza la amistad de la poesía, sino uno de esos pocos, imprescindibles, a quienes la poesía misma viene a buscar, y rapta, y acaso sacrifica en aras de su alto ministerio. Raro, original, hermético: he aquí tres calificativos que oímos y oiremos aplicados a su figura ¿A qué poeta poeta, a qué poeta fanerógamo, no serían aplicables? Nuestra sorpresa, nuestro asombro, nuestro desconcierto, ¿qué son sino el signo de un advenimiento?

Lo que adviene es una montaña de carbón transmutada en oro: la prosa vulgar narrativa, de la noticia, de la novela policiaca, de las aventuras por entregas, del tebeo, de la divulgación científica, la lengua nuestra de todos los días, tan gastada ya y achacosa, se desnuda ante el poeta y remanece fresca y nueva, tentadora y salvaje.

Cuando un poeta acierta a decir lo que necesitábamos decir, cuando se adelanta, nos quita la palabra de la boca y nos la devuelve purificada, cuando brota y florece el paisaje secreto que anidaba en los viejos paisajes, que sentíamos pujar pero que ahora reconocemos, que se mira en nuestros ojos, crecemos repentinamente, alcanzamos de pronto un nuevo horizonte, somos más libres que antes.

Alargo la mano hacia el libro, que aguarda en la esquina de la mesa. Y siento una íntima, gozosa gratitud.

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