Quiero pintar de blanco la hierba de la pradera
y el compacto césped que recubre los jardines;
todos pensarán que venció la fuerza del desierto
y yo seré durante años el Dueño de la vida,
dejando que me acaricie la tibieza del sueño alado
y tiñendo al atardecer lo que brotó del rocío;
mi pincel será la cascada cuyo estruendo nunca percibo
y mi pintura las aguas que en ella se enroscan furiosas,
y los que por los aires naveguen
verán surgir la nieve del pecho abierto del Verano,
variarán de canción los motores aceitosos
y enarcarán las cejas los pilotos sin mirada.
Danzaré entre las hojas chamuscadas por el frío
y los demás conmigo,
pero ellos caerán extenuados
y sus músculos heridos servirán para tensar mi nuevo arco
y clavar en sus corazones suplicantes mensajes de amor
que sin duda secará el aliento de la lluvia;
y arrebataré a los niños la dejadez que me apasiona,
se marchitará colgada de las moreras,
como los plásticos sucios en el invierno espinoso.
Beberé el líquido que corre con el Nilo,
despojaré de su piel al fornido rinoceronte,
falsearé la leyenda y ésta me pertenecerá,
poseeré los campos de maíz y los quejidos sin motivo,
dividiré el tesoro del pirata para llevármelo entero,
y, llegado el momento,
cuando las ilusiones ahoguen el desengaño,
nada quedará sin ser devuelto
y mi alma os alegrará con una sonrisa.

PCC, 1976

De un verso de este poema se sacó el título para un libro colectivo, Falsearé la leyenda, que, aunque se comenzara a preparar en vida de Pedro, se publicó póstumamente en un volumen compuesto por dos partes –cada una de ellas tratada como libro independiente, con su propia cubierta– que tenían un sentido de lectura contrario y confluían en el centro (la otra parte era una reedición aumentada de La vida puede ser una lata; lo publicó Árdora Ediciones en 1994).
En Falsearé la leyenda doce escritores que conocieron a Pedro, o su obra, escriben un texto inspirado en uno de sus cuadros, elegido por ellos mismos entre toda su producción pictórica. Los autores son: César Antonio Molina, Nacho Fernández, José Luis Gallero, José María Parreño, Enrique Vila-Matas, Javier Arnaldo, Luisa Castro, Pedro Sorela, Clara Janés, Mercedes Monmany, Julia Castillo y Martín Casariego. Como presentación se incluyó un texto, el único no inédito, de Francisco Rivas.

Aquí, y con el mismo espíritu, tomamos prestado de nuevo ese verso para dar título a una sección formada por textos escritos sobre Pe Cas Cor y su obra.


SELECCIÓN DE TEXTOS ACERCA DE
PE CAS COR Y SU OBRA

 

Título Autor Publicado en Ir
Entrevista para Sur Exprés Cuestionario de José Luis Gallero y José María Parreño La entrevista se realizó con motivo de la publicación de la primera edición de La vida puede ser una lata. Sur Exprés, nº8, marzo 1988, p.102ss., bajo el título "Nací apache", y en Ocho poetas raros, Árdora 1992, p.15 ss., bajo el título "Los manicomios están llenos de ropa interior"; Barataria, 1995; Verdades a medias, Espasa-Calpe, 1999
La vida puede ser una lata Juan Carlos Suñén Sobre el libro La vida puede ser una lata. El País, domingo 17 de enero de 1988
Falsearé la leyenda Justo Navarro Sobre el libro Falsearé la leyenda. ABC Cultural,nº 139, 1 de julio de 1994
Esbozo del pintor con sombrero y mil manos tendidas Francisco Rivas Diario 16 –Culturas–, 26 de junio de 1993; Falsearé la leyenda, Ardora, 1994
Hombre zurdo que dice adiós Martín Casariego Sobre el cuadro nº 113, «Pastor zurdo con su rebaño de insectos», Falsearé la leyenda, Ardora, 1994; Barataria, 1995
Una última pregunta José Luis Gallero Catálogo de la exposición Hombres y Monstruos, Universidad de Valencia, 1997
Rosas con nombre propio Luis Alberto de Cuenca Cuadernos del Norte, nº 24, marzo-abril 1984, pp. 98-99. Crítica a Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos); Barataria, 1995
Pedro Casariego Luis Alberto de Cuenca ABC –Panorama–, 23 de noviembre de 1994, p.22; Barataria, 1995
Volar con Pedro Casariego Córdoba Rafael Pérez Estrada Barataria, Revista de creación literaria y filología. Nº 2, Universidad de Alcalá, Madrid, 1995
Un miedo luminoso Marcos Ricardo Barnatán El Mundo –Magazine–, 4-5 de Junio, 1994, p. 44, a propósito de la exposición sobre Pedro Casariego celebrada en el Círculo de Bellas Artes); Barataria, 1995
Pe Cas Cor Martín Casariego Diario 16, Culturas, 26 de junio de 1993, p. 10; Barataria, 1995
Ookunohari Clara Janés ABC, Panorama, viernes 22 del diciembre de 1989, con motivo de la publicación de La voz de Mallick
Pedro Casariego Clara Janés ABC, Panorama, 5 de octubre de 1994, pág. 24, con motivo de la presentación de El Hidroavión de K., Ave del Paraíso, 1994, y de Falsearé la leyenda, Ardora, 1994, en el Círculo de Bellas Artes, donde simultáneamente se exponía su obra pictórica.
Ayúdame a ser zurdo José Andrés Rojo Con motivo de la exposición en el Circulo de Bellas Artes. El País, 21 de mayo de 1994
Pedro Casariego Córdoba Luisa Castro ABC, Tribuna abierta, miércoles 10 de febrero de 1993
Un hielo celeste Antonio Ortega El País (Babelia), sábado 14/04/2003. Acerca del libro Poemas encadenados (1977-1987)
Fanerógamo Agustín Cerezales ABC, lunes 19/05/2003. Acerca del libro Poemas encadenados (1977-1987)
Acariciante cadena Eduardo Moga El Crítico, 7/04/2004. Acerca del libro Poemas encadenados (1977-1987)


Entrevista para Sur-Exprés (en Sur Exprés, nº8, marzo 1988, p.102ss., bajo el título "Nací apache"; en Ocho poetas raros, Árdora 1992, p.15ss., bajo el título "Los manicomios están llenos de ropa interior"; y en Verdades a medias, Espasa Calpe, Madrid, 1999

José Luis Gallero y José María Parreño.- Se supone que hace usted una vida más bien aislada, que sale poco, que no ve a mucha gente. Se supone también que apenas se concede descanso a sí mismo: espera ser lo bastante rápido como para no aburrirse, lo suficientemente duro como para no flaquear. ¿Qué significa la poesía en todo esto? ¿Cuál es el trabajo de un escritor?

P. C. C.- Suponen ustedes muchas cosas, y su porcentaje de aciertos es bastante aceptable, si me permiten expresarme de ese modo. Soy un hombre huraño, a veces suave y a veces frío y egoísta. Me dan miedo muchas cosas que no le dan miedo a casi nadie. Soy un esquizoide imaginativo, que aspira a reformarse y permanece tumbado durante largas horas frente a un televisor apagado, con las manos debajo de la espalda y con unos ojos oscuros en una cara limpia y sucia a la vez. No veo a casi nadie. Me agota ver a la gente: me exalta interiormente, veo misterios en algunas mujeres y detectives en algunos hombres. Me paso la vida intentando concederme descansos a mí mismo; soy uno de esos haraganes que no dan golpe y no cesan de obsesionarse, uno de esos vagos que trabajan celularmente... Quiero decir que todas mis células, huesos y cartílagos trabajan violentamente, como obreros azules, y no me dejan en paz ni un sólo instante -imagínense ustedes, ¡ni un sólo instante!-. En el fondo, soy, y lo digo sinceramente, uno de los individuos menos creativos y más monocordes y repetitivos de este bendito universo. Lo que ocurre, afortunadamente para mí y para el rozagante y próspero mundillo editorial, es que he sido capaz de concentrar todos mis sentimientos infantiles en una nube de palabras, en un número de poemas. Casi todos mis semejantes son geniales. Algunos besan maravillosamente. Otros cagan rápidamente. Me han asegurado que hay individuos que no se cortan nunca al afeitarse, y damas que se depilan perfectamente mientras manejan sus ordenadores. Todos ellos son poetas. Hay demasiados poetas. Cada vez más. Hay tantos poetas como roedores. Por eso la poesía se vende poco. Ahora me refiero a la poesía escrita. Los que escribimos poesía solemos ser bastante blandengues. Un buen poema quizá sea el lado valiente de un cobarde. O la bala de un sentimental. O la belleza de un imbécil. El trabajo de un escritor consiste en boxear con el abecedario para conseguir un amor, o más de uno, un cheque tan mágico como una alfombra, y un gramo de gloria que sirva para no oler a sudor.

- ¿Qué pone en juego el amor?

- La pregunta se las trae... El amor, Cupido y todo eso, es bastante juguetón, juega continuamente... Lo que menos me gusta del amor es que Cupido siempre me pareció bastante asqueroso... Pero la pregunta no es ninguna tontería, y por eso no sé si la comprendo bien... Un amor con todas las letras lo pone todo en juego; es como una gran ruleta, legal o ilegal, que gira y se calienta, arriesga los músculos, el cerebro, el escote y la posición social de los participantes, de los enamorados... Los enamorados suelen quedar hechos trizas, patas arriba, llenos de vendajes... Grandiosa batalla la del amor... Pero hay pocos amores con todas las letras... El más bello y desgraciado es el amor sin "r", el amo -primera persona del presente de indicativo del verbo amar-, el llamado vulgarmente "amor no correspondido". Es el amor más trágico y respetable, abunda muchísimo, es desinteresado a la fuerza y lo pone todo en juego. El 65 por cien de la poesía nace de este tipo de amor.

- En el pie de uno de sus dibujos leemos: "No creo que esta bicicleta me lleve a Detroit". ¿Le gustaría ir a Detroit?

- Detroit está lejísimos. Es fría, más bien rubia, muy cara, saludablemente húmeda... Para mí es una desconocida, ¿qué quiere que le diga?... Depende... Depende de ella.

- La vida puede ser una lata -quizá nuestro libro favorito de cuantos ha publicado-, transmite una belleza y un humor inquietantes. ¿Un libro es exactamente como la vida?

- Señores entrevistadores, su cara sin desbrozar atestigua el funcionamiento interior de una inteligencia. ¿Pretenden ustedes burlarse de este charlatán fugaz?... ¿Cómo va a ser un libro exactamente como la vida?... En el mejor de los casos, un libro es el hijo ilegítimo, el hijo bastardo de la vida; lo que pasa es que, a veces, los hijos bastardos son más guapos y más puros que sus padres. Un libro habla de lo que no es, de lo que pudo ser, de lo que debió ser, de lo que podría haber sido si alguien hubiera tenido una espalda derecha y no unos pies planos. La vida es. Nada más. La vida está en un ronquido, en una carrera, en la pereza, en el abandono... ¡La vida está en mis pantalones!... Llevo dos meses sin cambiarme de pantalones; espero que no se note demasiado: mis pantalones atesoran dos meses de mi vida. También mis calzoncillos son vida, y son espirituales. Pero el calzoncillo es algo efímero, menos duradero: intercambia tan rápidamente información con el cuerpo, con la vida, que hay que llevarlo cada poco a la lavadora para practicarle un lavado de cerebro y que no se vuelva loco. Los manicomios están llenos de ropa interior; por los manicomios pululan los calzoncillos de los grandes pensadores de la vida... Un calzoncillo es la obra pictórica de un cuerpo salvaje. Un libro es la frustración, respetable o no, de un cuerpo civilizado... Dios mío, todo lo que estoy diciendo es ridículo; estoy avergonzado. Necesito una copa, este púlpito apesta, y yo no bebo... Voy a recitarles un verso del injustamente olvidado poeta finlandés Lasse Vainio: "Van Gogh quisiera pintarle los labios antes de morir".

- ¿La vida puede ser una lata?

- Sí, supongo que sí, aunque para mí nunca lo ha sido. Creo que pensar que la vida es una lata, si consideramos un poco el verdadero significado de la frase, es algo muy suave, muy dulce, muy inofensivo, algo así como un grano en la barbilla, o tener que dar de comer al perro, o estar obligado a pronunciar frases como: "Buenos días tenga usted", o incluso, "Felices fiestas, tío Alberto". Si alguien cree que la vida es una lata, así, sin más cáscaras, tiene grandes posibilidades de alcanzar la felicidad a través del aburrimiento, del tedio, del hastío, de la benéfica paz terrena. Lo terrible es la obsesión, ser un simple esclavo de un alma estropeada. Estar encima de un tejado blanco, debajo de un cielo azul, muy aburrido, sin nada que hacer, con un pitillo y un zumo de naranja en la mano, es estar llamando a la felicidad. Y la felicidad es un ángel avejentado que a veces contesta. Porque la felicidad también es un ángel aburrido.

- ¿Qué opinión le merece el mundo en que vive?

- Cuando las cosas marchan bien dentro de ti, el mundo es maravilloso. Si las cosas se tuercen en tu corazón, todo el mundo, todo tu mundo, se avería. El mundo me parece algo espléndido y algo repugnante. Hay mucha basura y pocos basureros. Pero yo tampoco soy un misionero, no hago nada para cambiar las cosas; soy débil, y la azada pesa demasiado. No me atrevo a escupir, porque sé que también merezco que me escupan. Me alimentan bondadosamente. La cigarra tiene el pesebre repleto. Vendo millones de libros. Cuando me apetece ver Miami Vice, cojo mi reactor y me largo a Florida para ver la serie en su ambiente. Mi mujer besa mis sandalias. No puedo quejarme. Pronto habrá una calle con mi nombre, y el mundo mejorará muchísimo. Será una calle fría.

- Leemos en uno de sus poemas: 'Mi corazón está vacío. Yo lo vacío personalmente todas las mañanas'. ¿No es usted nada sentimental?

- No sé si soy sentimental. Quizá lo sea. Lo que sí sé es que estoy plagado de sentimientos, de peces que piden calor. Lo que también sé es que no soy inteligente. Somos ocho hermanos, y yo soy el mayor y el más tonto de todos. Sólo sirvo para una cosa: para que los demás piensen que soy un tipo inteligente. Es tarea fácil lograr que los otros te tomen por un pensador o un filósofo. El engaño consiste en hablar poco, callar mucho, sonreír una o dos veces al año con la mitad de la boca, callejear solo, mirar fijamente, ser un estrafalario, en fin, la tarea es casi eterna, pero el éxito está asegurado. Si inventaran una báscula capaz de pesar la inteligencia, llegaría inevitablemente mi ruina y la de treinta mil artistas del puntito y la coma. Un hombre inteligente no se dedica a escribir. Un hombre inteligente se hace príncipe del silencio. Lo terrible es que resulta casi imposible distinguir al príncipe del silencio del idiota que con su silencio se esfuerza porque le juzguen genial... Si soy un artista medio decente, es porque soy bastante bruto y poco brutal.

- Según su biografía, ha sido usted pianista, jardinero, pintor, vendedor de ukeleles... ¿Qué perspectivas cree que le ofrece el futuro?

- Mi biografía siempre fue incorregiblemente mentirosa... Si las cosas cambian, un empleo en una empresa de seguros, una mujer con delantal azul y blanco, y un cuerpo firme y unos ojos claros u oscuros, que sepa más que yo de mecánica, y un pequeño jardín en la nieve. Si las cosas no cambian...

- Declaraba usted en una entrevista: 'Me gusta el artista que no hace lo que denominamos obra de arte". ¿Podría extenderse sobre esta afirmación?

- Sí, podría extenderme largamente sobre esta afirmación, porque me parece indudable que el verdadero artista no condesciende jamás a engendrar un libro, una música, un cuadro; pero preferiría no hacerlo, para abrazar, por una vez, al artista de lo invisible, de lo inaudible, de la hierba amarilla y la estrella mojada.

- Sus poemas tienen algo de canciones de héroe solitario. ¿Le gusta el mundo de los héroes solitarios?

- Me encanta el mundo de los héroes solitarios, pero tengo que reconocer que lo conozco poco y mal. Puede que lnvictus, el protagonista de mi libro La vida puede ser una lata, sea un héroe solitario, no lo sé... Tendré que preguntárselo... Es una pena no poder entrar en una agencia de viajes, y decir: "Por favor, un billete para el mundo de los héroes solitarios", salir de la agencia con un billete de cohete y muchas esperanzas...

cuestionario de José Luis Gallero y José María Parreño

 

La vida puede ser una lata (El País, domingo 17 de enero de 1988)

Primer número de la colección Azimut, una iniciativa de Ediciones Zigzag para ofrecer un nuevo tipo de libro en el que el escritor ilustra sus propios textos. Casariego nos ofrece en este primer número un trabajo inquietante y divertido, a mitad de camino entre el caligrama y los limericks a lo Lear, donde se nos informa de que también los tigres se acatarran o se nos presenta a su majestad Douglas 7, el rey que aborrecía los números romanos. El apoyo que texto e ilustración se brindan mutuamente y el particularísimo sentido del humor de Casariego hacen de este libro una de esas raras posesiones que no nos gustaría perder

Juan Carlos Suñén

 
Falsearé la leyenda (ABC Cultural,nº 139, 1 de julio de 1994).

Pedro Casariego Córdoba (1955-1993) fue inventor, inventor de mundos. La vida puede ser una lata (1987) es un álbum de mundos, un atlas de dibujos y palabras a tinta china. Porque los inventores son descubridores, y los descubridores son viajeros: PCC ha contado que estos mundos los inventó en primavera, frenéticamente, a cien por hora, en un coche con faros, iluminado; aterrorizado, desprotegido, en un coche sin hierros, desnudo. Cuando las palabras no le servían de ganzúas para abrir la caja fuerte de los enigmas, PCC pintaba: Francisco Rivas dice que pintaba secretos que le robaba a la literatura.

Los mundos de PCC están habitados por seres con alas de pájaro y piernas que son coches; por un hombre cigarro que se vuelve humo; por cuerpos que son fragmentos de cuerpos, sin sombra; por un capataz que empuja sin manos una carretilla; por un hombre de media cara, sin pies, con una flor en el ojal; por lágrimas sin ojo. Y hay hombres con el corazón de miga de luna picoteado por las palomas, y hombres mordidos y mutilados por los peces y atravesados por un florete, y mutilados y atravesados y mordidos por palabras.

Porque las palabras te dan vueltas en la cabeza, inestables, inquietas, y los mundos de PCC son inestables e inquietos como palabras, mundos de tigres que usan pañuelo, y hombres que quieren ser una cacatúa y dentro de diez mil años serán un caballo.

Suceden cosas fantásticas en los mundos de PCC, historias: un tatuado se pierde en un puerto perdido, donde un río de alcohol desemboca en las gargantas de los hombres perdidos, afluentes de un río de mujeres; un miedoso oye un ruido y se esconde detrás del armario, y ve la llave que brilla y se mueve en el suelo, la llave que echa a andar; se celebra una conferencia extraordinariamente divertida: sólo se ha dormido el conferenciante. Inventor de personajes de excepción, desde el resbaladizo Schneider de Maquillaje (1983), PCC nos presenta a sus héroes: el hombre delgado que no flaqueará jamás; el hombre que extravió la mitad derecha y solicita ayuda para aprender a ser zurdo; Douglas y Juan, dos amigos de gustos diferentes: uno, que sólo existe hasta la cintura, ama el cine, y otro, que sólo existe desde la cintura, ama los paseos.

Cuatro escritoras y nueve escritores que conocieron a Pedro Casariego Córdoba han viajado por los mundos de PCC: en Falsearé la leyenda han reunido impresiones del viaje. Han escrito poemas: César Antonio Molina ha escrito sobre el luto de la ausencia, el dolor de los ausentes, un dolor que también les duele a quienes se quedan; Luisa Castro intuye cuanto cabe dentro de una cabeza y debajo de un sombrero; Julia Castillo percibe un rumor de rejas, cadena, hierro y prisión que rozan miel, sangre, panales, un paladar, pastos. José Luis Gallero llega con una promesa o una contraseña o una consigna sigilosa o un raro remedio. Enrique Vila-Matas ve un día de fiebre, un día de madre cerca, un día de olvido y lluvia oblicua.

Hay quienes traen noticias de seres misteriosos: Mercedes Monmany conoció a un animal que no es un monstruo, sólo distinto, en todo igual y distinto a nosotros, sin palabras: nunca sabremos cómo suena su voz por teléfono. Clara Janés mira una cabeza ciega, manos y brazos de sangre en un campo de trigo, manos que nunca se estrecharon ni se tocaron unas a otras. José María Parreño cabalga con el fogonero que alimenta la caldera de la oscuridad hacia la noche pavorosa, la noche en marcha, a toda máquina.

Nacho Fernández abre una caja de fotos: he aquí un caballo amigo y tuerto, una granja en Nebraska donde el vallado eléctrico a los lados del camino silba de noche como si llevara las manos en los bolsillos. Pedro Sorela revive la aventura de un Madrid agonizante de rascacielos y estruendo, la amenaza de los constructores de edificios criminales, criminales los edificios y los constructores, tuertos también, mientras un joven tan inmóvil que resulta invisible copia en un cuaderno lo visible que no existe y lo invisible que sí existe.

La poesía necesita subjetividad y objetividad para copiar la vida que todo lo amarillea, dice un personaje de Javier Arnaldo, Y Martín Casariego recuerda que el arte quizá sea la fábrica que transforma el dolor en placer y alegría, humor y optimismo. Antón Casariego apunta una conclusión en las primeras páginas: quizá los sentimientos sean inexpresables; quizá el arte sea un vapor, quizá se evapore en el proceso de convertir lo exterior en interior. Los carpinteros siempre hacemos tablas cuando jugamos al ajedrez, dijo un día Pedro Casariego Córdoba, quebrado y excepcional como un ser de PCC.

Justo Navarro

 
Esbozo del pintor con sombrero y mil manos tendidas (en Falsearé la leyenda, Ardora, 1994).

No sé, y mucho me temo que nunca sabremos, si Pedro Casariego Córdoba habría llegado a ser un pintor, quiero decir un pintor como los demás, como lo son la mayoría de los pintores o de los que pasan por tales. Parece claro que sus problemas, los problemas que realmente le preocupaban, incluso aquellos que le llevaron a pintar obsesivamente en sus últimos años de vida, no eran los que preocupan a los profesionales del oficio. En ese período de cuatro años, sin embargo, pintó con empeño evidente y volcó sobre los tubos, pinceles y lienzos un caudal de imágenes y secretos, que, al tiempo, escamoteaba a la escritura, a la poesía.

Creo que también su escritura (varios libros publicados y un considerable número de obras inéditas) siempre fue una escritura poética, aunque sus problemas tampoco fueron los de uno de esos poetas al uso empeñados en cavar cesuras y en esculpir versos. Igual le ocurrió con la pintura, que, al margen de otras consideraciones, la practicó como quien se limita a "abrir el grifo" para dejar que el "torrente" manara a su través. Un torrente, repito, pues era palabra muy de su gusto, que brotaba caudalosamente desde un fondo insondable de imágenes y secretos donde todo es tan amargo y tan bello, tan inocente y verdadero que lo primero, antes de cualquier valoración, análisis o crítica, es agradecerle, aunque sea a título póstumo, el esfuerzo que hizo para permitir que nos asomáramos al mismo.
Pedro Casariego Córdoba procedía de una conocida saga de arquitectos originarios de Asturias, donde la pintura siempre fue algo más que una afición o pasatiempo. Su abuelo, Francisco Casariego, fue un cumplido ejemplo de arquitecto de profesión y pintor de vocación. Mi medio paisano José María Moreno Galván escribió una monografía sobre esa segunda faceta suya: "...un pintor, así como suena, con todos los títulos facultativos suficientes para ser considerado como tal, más como un adjetivo que como un sustantivo". Y añade más adelante: "Casariego era lo que era sin dejar de ser quien era". Palabras éstas que yo no dudaría en aplicar, salvando las distancias, a su nieto Pedro.

Sustantivamente, Pedro Casariego Córdoba tampoco quiso nunca ser un profesional de nada, ni escritor, ni pintor, ni pianista, ni gaitero. Si atendemos a sus escritos y a sus escasas declaraciones, parece que la figura o papel del artista, entre comillas, no le cuadraba. Tampoco la de arquitecto, economista, primogénito, o padre de familia. Quiso ser algo más, o no ser nada. Y seguramente fue las dos cosas. Un genio sin cartabón. Un talento sin causa. Uno de sus primeros textos, Verdades a medias. El artista en cuanto ser inferior, fechado en 1983, incluía una especie de manifiesto. Creía sinceramente que el artista verdadero no era aquel que firmaba, publicaba y vendía, o lo intentaba, determinados productos, asaz curiosos muchos de ellos, como obras de arte. Los que así actuaban eran, cuando más, "artistas de segunda fila". La insoportable sensación de colaborar a la impostura general no le abandonó nunca. Hasta el final se negó a reconocerse como pintor, a lo sumo como un usurpador que pintaba: "El azul y el amarillo se mezclan en el aire. El cielo es una bandera sueca. En frente de mí echan la siesta infinitos botes de pintura. Un casco casi medieval de motorista mira hacia la mesa de Martín. Estoy en la cama de Pablo. Soy un usurpador".

Pedro Casariego Córdoba fue uno de esos cometas que proceden del fondo del universo y, cuando se acercan o rozan nuestro pequeño mundo, siembran la alarma pero al tiempo nos fascinan. Como aquel que atraviesa uno de sus libros de versos, La voz de Mallick: "al instante / reconocí en el cometa / la SEÑAL que ya no esperaba / y supe que iba a indicarme la meta / de mi salvaje peregrinación por la nada más vacía". Las órbitas de esos cometas, decía Ramón Gómez de la Serna, son impredecibles para astrónomos y gitanos. Muchos textos, y sobre todo el último libro publicado por Pedro Casariego Córdoba, La vida puede ser una lata, tienen mucho de greguería, ácidas o dulces greguerías, muchas de ellas ilustradas por el autor como también hiciera Ramón con algunas de las suyas.

La estela de Pedro Casariego Córdoba incluye, entre otras maravillosas cosas, infinidad de dibujos y algo más de cien cuadros. En ellos hay imágenes inquietantes, poéticas, inolvidables. Y muchos sombreros. El suyo era de fieltro, pero recordaba lejanamente al de Van Gogh. Y muchas manos extendidas. Fue, él mismo lo decía, un "manirroto", manirroto con su talento y con su vida. Hay también chispazos misteriosos, pasos de baile, estrellas fugaces, monstruos simpáticos y antipáticos, cuentas del rosario que un ser extraordinario y, mal que le pesara, un pintor y un poeta, estuvo pasando, cuenta a cuento, cuento a cuenta, para contarnos cómo se sube y se baja, se baja y se sube de lo químico a lo cómico, de lo cósmico a lo doméstico, de la vida a la nada, de la nada a la gloria: "Hace / diez años / F. me dijo / que estaba a punto / de triunfar. / F. me dijo exactamente / esto: 'Estás a punto / de comerte el mundo'. / Hoy pienso invitarle / a comer. Y él pagará / la cuenta". Y si no la paga él, no te preocupes, Pedro, invito yo.

Francisco Rivas

 
Hombre zurdo que dice adiós (en Falsearé la leyenda, sobre el cuadro nº 113, «Pastor zurdo con su rebaño de insectos», Ardora, 1994).

Este es el último cuadro de Pe Cas Cor. Al verlo, pensé que era una especie de testamento, de adiós: interpreté el brazo alzado como un ademán de despedida. Creí que los pegotes rojos (algunos, vagamente semejantes a tortugas, otros a ovillos de lana con gruesas agujas cruzadas) eran estrellas, y que el fondo representaba la inmensidad del cielo azul, de ese universo que nos contiene y del que participamos. Me figuraba que aquel hombre –que no podía ser otro que mi hermano– se despedía de nosotros porque poco después de finalizar el cuadro iba a fundirse con el todo o con la nada: por ello, porque el desenlace se hallaba ya tan próximo, estaba constituido por materia azul y roja, idéntica a la que formaba el cielo y los astros. Cuando, más tarde, supe el título, pensé cuán erradas eran mis suposiciones, sin duda mucho más lógicas que la realidad: Pastor zurdo con su rebaño de insectos.

Pero, quizás, lucubraciones y título no estuvieran tan reñidos. El que sea zurdo no contradice, obviamente, el que se esté despidiendo. Por el contrario, apoya la idea de que, efectivamente, está haciendo algo con la mano izquierda. El fondo continúa siendo el cielo: sin duda, se trata de insectos voladores. ¿Y si fueran luciérnagas, insectos-estrellas? Aunque, desde luego, lo que no hay es insectos de cuatro patas. Pero, ¿qué más da? Bien mirado, esos pegotes rojos distan tanto de ser estrellas como insectos: son lo que el pintor quiere que sean, fuera de todo análisis pretendidamente racional; al menos, si logra convencernos.

Pe Cas Cor sabía muy bien que la lógica nada tiene que ver con el arte, la pintura o la poesía. El arte es sobre todo desorden, sentimiento, pasión, capacidad de herir, o de acariciar. Aunque existan profesores de matemáticas que sollocen ante un encerado, conmovidos por la implacable belleza del teorema que acaban de explicar, lo bello es inexpresable: esos profesores no sabrían explicar su llanto. Es por ello que la pintura y la música nos pueden llegar tan hondo sin recurrir a las palabras, y la belleza de la poesía, más que en lo que dice –o no sólo en lo que dice–, radica en las misteriosas relaciones que establece entre las palabras: por eso sus posibilidades, sus combinaciones, son infinitas. La pintura y la poesía son, sobre todo, un asunto de corazón, no de cabeza, como el amor. No me des un beso inteligente, no quiero un beso cruel. Pe Cas Cor supo –sintió–- esto desde el comienzo, tanto en la poesía como en la pintura. Por ello, no hay reglas en su arte: hay intuición y decisión, aunque después –en sus textos, no en sus lienzos– haya un riguroso y exhaustivo proceso de elaboración, un profundísimo conocimiento del lenguaje. Y desde luego, no hay pudor, sino desvergüenza. Es decir: libertad. Wataksi / deliro / estoy delirando / un lirio tras otro. ¿Pero qué es la libertad, sino un deseo de escapar? ¿Quién usaría o añoraría la libertad, si estuviera a gusto en una celda? O de otro modo: ¿qué es la libertad, sin el dolor? Seguramente, esos dos sean los principales motores del arte de Pe Cas Cor y de todo verdadero arte: la libertad y el dolor, el azul y el rojo, el desnudo y la soledad. Cálida Wataksi / no tengo tabaco / y no te tengo a ti / estoy completamente desnudo / aunque un uniforme de dril cubre todo mi cuerpo / estoy completamente desnudo. Esta falta de reglas puede dificultar la comunicación con los otros (y opino que el arte moderno es sobre todo deseo de expresarse, más que de expresar), pero al mismo tiempo es la que puede otorgar individualidad, extrañeza, personalidad, en suma, valor, a una obra. Es decir, si no hay otros que comprendan, no es arte. Pero si carece de personalidad, tampoco lo es. Si la obra de Pe Cas Cor ha recibido –o recibe–- encontrados juicios, mejor que mejor: es la prueba de que se encuentra en esa encrucijada, de que está deslizándose / por una pendiente de pájaros nevados.

Cien es un número racional, con el que, en parte, pretendemos ordenar nuestra inexplicable existencia. Trece es un número irracional, con el que pretendemos justificar, en ocasiones, la mala suerte. Ciento trece son los dolores del parto, esa mezcla de sufrimiento y felicidad, de fuerza y extenuación, de principio y fin, de viaje y encuentro, de arte, en resumen. Y este último cuadro hace el 113 de la producción pictórica de Pe Cas Cor.

Parsimonia. Tranquilidad. Calma. Paz. Sosiego. Recogimiento... ¿Por qué no venden esas cosas en la primera planta de El Corte Inglés? Ese desamparo, esa angustia, esa atormentadora inquietud que a menudo le asaltaba y que se traducía en una necesidad de crear, de subvertir reglas o, mejor, de ignorarlas, tenía un responsable: Dios, un Dios que también ha creado el sufrimiento, y que disfruta con su obra. Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios. Un Dios injusto. Dios castiga y perdona porque sí: / puede que me ame / más que a los que le aman. Hay en parte de su poesía un profundo sentimiento religioso, del que su pintura suele carecer. Y si digo suele, es por que este cuadro tiene otro posible –y bastante evidente, conocido el título– significado: el Creador y sus criaturas, el Verdadero Artista (y ya se sabe que el arte y las buenas intenciones hollan senderos distintos) y sus dependientes y frágiles obritas de arte, contra el fondo de Su Inmensa Eternidad. Un Dios poderoso, y no demasiado amable, con una cara roja y terrible, como la del sacerdote pecador La Croix-Jugan, un Dios zurdo y arbitrario ante el que más nos valdrá el favor del azar que las pruebas de nuestros actos, y que alza la mano, para reclamarnos. Un Dios rojo en un universo azul. Y frente al Dios-Luz, el Dios-Oscuridad. Porque es evidente que es de noche.

Pero si he hablado del dolor y la libertad como la sangre del arte, también es cierto que un tercer elemento, opuesto al primero, recorre sus venas: el placer, la alegría, el humor, o el optimismo. Te quiero porque eres un cerezo sonriendo / te quiero porque también sonreirás / cuando el viento del tiempo te despoje de tus flores. Esta ambivalencia, no presente en la obra de algunos artistas, sí lo está en los textos y en las pinturas de Pe Cas Cor, el color, la ternura, la felicidad, frente al dolor, la tortura, la fatalidad. Y esto es lo que, definitivamente, hace que su obra resulte tan conmovedora y atractiva, una obra que es un reflejo de su espíritu, por lo que pintura y poesía, dibujo y texto, son inseparables.

Pe Cas Cor murió con 37 años. Cada vez me convenzo más de que eso es irrelevante, y de que vivió lo suficiente. Es cierto que con él se han ido miles de imágenes -visuales y literarias- que ya nunca existirán, pero también lo es que hubo muchísimas otras a las que él dio vida y color. Es cierto que ya no podremos abrazarnos, ni hablar con él, pero también lo es que compartimos muchas cosas y que nos forjamos los unos a los otros. Miro mi fotografía en el carné de identidad, y me pregunto, ¿cuánto he vivido? ¿Quién podría decirme a cuántos años de mi vida corresponderían esos 37 de la suya? Nadie lo sabe, y por eso nadie puede decir si Pe Cas Cor murió joven o viejo. Nadie sabe los años que tiene, nadie conoce su verdadera edad, todos mentimos cuando decimos: "Tengo 32 años y soy ingeniero".

Y ese hombre que reclama nuestra atención... ¿Será de mediana edad? ¿Envejecerá, como Marie?, envejeces / Marie / se despintan tus cabellos / envejeces / Marie / por los siglos de los siglos / abandóname. ¿O tendrá más bien, como ahora me figuro, una Edad Eterna? Y si acudiera a su llamada... ¿Me clavaría una afilada daga de plata con empuñadura de marfil, me atravesaría el cuello con la delicadeza de un alfiler? ¿Me ofrecería un regalo? Porque no sé si en la mano que no enseña oculta un puñal o una caja de bombones. ¿Me traspasaría el corazón con un florete envenenado? ¡Vuelve, romanticismo, vuelve! ¡Tengo una gran caja de bombones para ti! Ni siquiera sé si es tuerto o si me está guiñando un ojo. Si me metiera en el cuadro... ¿Me abrazaría, su barbilla sobre mi hombro? ¿Me revelaría el terrible secreto que con tanto celo ha guardado hasta ahora? Porque sospecho que el hombre del cuadro sabe mucho más que yo. Si me meto en el cuadro, me contará la historia de mi vida, o puede que la de la suya. Y yo, que soy cobarde, no quiero saberla: porque yo sólo sé que no quiero saber.

Doy por finalizado el texto, y lo releo, y me pregunto: ¿Estaré delirando? ¿Habré estado delirando durante estas horas un lirio tras otro? Esto ya no lo podré hablar con Pe Cas Cor, pero sí con Wataksi, Mallick, Marie, Van Horne, Schneider, Paivarinta, o con sus múltiples dibujos y cuadros, y sospecho que me dirán que delirar un lirio tras otro es nuestra única salvación, que un lirio tras otro...

¡Pide un deseo y se te concederá! ¡Chilla, grita, salta, pide un deseo! ¡Ha pasado rauda una estrella fugaz! ¡Es tan veloz que ya salió del cuadro! ¡Brinca, ríe, corre, no te quedes quieto ni un segundo más! ¡Mientras yo la apunte con la mano, tú tendrás una oportunidad! ¡Ha pasado una exhalación! ¡Pide un deseo y se te concederá! ¡Ha dibujado en el aire una línea de fuego una estrella fugaz! ¡No te acerques demasiado a ella, porque te puedes quemar! ¡Pronuncia el nombre de la mujer a la que amas, di el de la isla en la que te gustaría reposar! ¡La fruta cuyo sabor siempre querrías llevar! ¡Date prisa! ¡Cuando baje el brazo, la estrella habrá muerto ya! ¡Mueren muy rápido, las estrellas! Y las estelas que dejan... ¡Las estelas que dejan, no se pueden tocar!

Martín Casariego

 
Una última pregunta (en el catálogo de la exposición Hombres y Monstruos, 1997)

1
La última vez que nos vimos, quedó suspendida en el aire una pregunta –«¿Crees que podré conseguirlo?»– cuya mezcla de esperanza y desamparo descartaba cualquier posibilidad de respuesta que no fuera en sí misma un balbuceo.
2
Deambulabas de distrito en distrito, hasta convencerte de que el rastro que buscabas en la noche seguía la deriva de tus propios pasos. A pesar del rigor del invierno, te bastaba con una camisa. Nada resultaba imprescindible, salvo el coraje preciso para adentrarse en lo desconocido.
3
Te agitaba una extrema tensión, que apenas alcanzaba a serenarse en el interior de un círculo cada vez más reducido de palabras. Era imposible estar contigo y no estar desesperado.
4
El hechizo del silencio se volvió más poderoso de lo que habías calculado. Al filo del desierto, consumaste una serie de cuadros vertiginosos e inquietantes. Pero ¿qué hacer, al cabo, con toda aquella producción nacida del silencio?
5
Era emocionante encontrarse contigo en el curso de una fiesta. Saborear por sorpresa el humor más insolente y lúcido del mundo. Una de esas veces acabamos fundando una extraña cofradía: la Orden de los Caballeros del Borde del Abismo.
6
Lo que cuenta, para un caballero, es el abismo –¿no es cierto?–.
El borde abisal donde brota la flor de su destino.
7
Nos unía el fervor por idéntico sueño. En su orilla luminosa, la caricia del cielo hacía de nosotros elegantes granjeros, inspirados poetas, legendarios moradores de una tierra enigmática.
8
Dime: ¿Persiste en el Distrito de la Luz Roja el laberinto? ¿Prosigue allí la invisible partida de ajedrez, el rompecabezas desarmado, la infinita travesía en pos de la estación inalcanzable?
9
Una última pregunta: ¿Conseguiste convertir en aliado permanente a la zozobra?

José Luis Gallero

 
Rosas con nombre propio (en los Cuadernos del Norte, nº 24, marzo-abril 1984, pp. 98-99. Crítica a Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos). Editora Nacional, Libros de Poesía. Madrid, 1983)

En la serie de poesía que Gonzalo Armero dirige en Editora Nacional, aunque sin numeración dentro de la misma, ha aparecido un inquietante libro de Pedro Casariego Córdoba, madrileño de veintiocho años: Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos). Con anterioridad a este su primer libro de creación, Casariego había publicado en Siruela una traducción de dos sagas islandesas del siglo XIII –la de los Groenlandeses y la de Erik el Rojo– en colaboración con su hermano Antón (Madrid, 1983).

La presentación de Maquillaje corre a cargo de Pedro Laín Entralgo, con un brillante apunte introductorio (páginas 5-6 del tomo). La maqueta, al cuidado de G. Armero, es excelente. Diego Lara ha diseñado la cubierta. Todas estas ventajas, unidas a la sugestiva disposición gráfica de los 95 textos que componen el libro, hacen de Maquillaje un objeto deseable y hermoso.

Sin dejar de ser una cosa atractiva y apetecible, Maquillaje es, también, un libro importante. Hacía tiempo que no leía un libro de poemas que me importase tanto. De entre los libros de poetas jóvenes sólo Raro, de Lorenzo Martín del Burgo, o Europa, de Julio Martínez Mesanza, significaron para mí algo parecido. Por debajo del maquillaje que da título a su obra, Pedro Casariego se me aparece como un extraordinario escritor. Espero conocer pronto sus otros libros, aún inéditos. Libros con títulos tan sugerentes como La canción de Van Horne (historia de un financiero-gángster escrita en tonos épicos), El hidroavión de K., (influido, según me dice el propio Casariego, por Robbe-Grillet), La risa de Dios o La voz de Mallick (en la que se adivina un homenaje a la película Bad Lands, de Terrence Mallik, protagonizada por un inolvidable Warren Oates) piezas de teatro, como La cicatriz, cuentos, etc. Un conjunto de obras que amenazan con infundir en nuestra seca y aburrida literatura última el coraje de la esperanza.

Maquillaje es un libro enfermo, extraño y precioso. El libro de un poeta que lee novelas. El libro de un hombre que prefiere la acción a la escritura. Un libro en el que la victoria se identifica con el fracaso y el arte con la inconsciencia de estar haciendo arte. Son tres los personajes del libro, que se desarrolla en una espectral y kafkiana ciudad de Hanoi: Vanderbilt, Frau Schneider y Roberts.

Vanderbilt es maquillador de hombros en la American Rose Society (porque las rosas tienen nombre propio en el libro de Casariego: el nombre de su creador, el nombre del aficionado a las rosas que alteró la genética natutal para obtener una flor más bella). Vanderbilt es también un vampiro, y ha matado al hijo de Schneider, que es al mismo tiempo su hija, de la misma manera que el comandante de submarinistas a quien Roberts amaba es una delicada princesa birmana, porque todo puede ocurrir en el Hanoi de Casariego. Roberts es un veterano submarinista ciego, y ha matado al empleado/empleada de la Hell que humilló a Vanderbilt en el jardín infantil número 5. Y Vanderbilt y Roberts giran en torno a Frau Schneider con ojos como uñas y pestañas como abrebocas curvos de Heister, con destornilladores y fustas, cosiendo párpados y castigándose en submarinos o lavanderías presididas por la sonrisa de Mary Pickford, callando las palabras que debieron decirse (y se dicen entre las páginas 91 y 102), hasta que Vanderbilt, metamorfoseado en vampiresa, besa a Schneider clausurando el volumen y dejándonos en los dedos un olor a rosas Max Krause premiadas en 1931 y el recuerdo imborrable de una singularísima lectura.

Luis Alberto de Cuenca

 
Pedro Casariego (en ABC –Panorama–, 23 de noviembre de 1994, p.22)

Conocí a Pedro Casariego Córdoba en Otoño de 1983. Gonzalo Armero acababa de publicar Maquillaje en su colección de poesía de Editora Nacional. El libro me gustó muchísimo, y Gonzalo me dijo que por qué no lo decía por escrito. Me dio su teléfono, lo llamé y Pedro y yo nos citamos en Argüelles, en la cafetería Galaxia, un sitio anodino pero con la solera de una reciente conspiración. Mientras bebía algo sin alcohol, Pedro me habló de sus estudios de Económicas, de su estancia en Estados Unidos, de los libros de versos que había escrito, de su teatro, de la literatura que le gustaba (La casa de Hong Kong de Robbe-Grillet). Hablo de lo que ahora recuerdo que me dijo, pero eso es lo de menos, porque lo importante es cómo era él, cómo se movía por la cafetería Galaxia, como decía lo que dijese, con esa cortés y delicada desesperación que comunicaba a todo aquello –yo, por ejemplo– que se interponía entre su vista y el vacío, fulminándolo a fuerza de indefensión e inteligencia.

Lo volví a ver no mucho después. Le gustó –me dijo– la nota sobre Maquillaje que publiqué en Cuadernos del Norte. Venía a dejarme una copia de un texto que acababa de escribir, 24 folios a máquina, Que más da se llamaba. Vino en coche desde Aravaca. Quedamos en la puerta de la casa de mis padres, en el número 31 de la calle de Jorge Juan. Me dejó los 24 folios dentro de una carpeta azul, marca Centauro, donde había escrito con tinta negra el título del texto y su nombre. Fue visto y no visto. Eran las dos y media de la tarde. Me lo entregó y se fue. La cita consistía precisamente en eso.

Cuando Julia Barella estaba preparando su antología Después de la modernidad, en la que Pedro está incluido, lo telefoneaba con alguna frecuencia y se vieron dos o tres veces. Una tarde quedó con él en el Vips de Julián Romea, en una de esas mesas con los asientos circulares. Yo estaba allí. Pero no recuerdo de qué hablamos en aquella ocasión.

La última vez que lo vi, hacia el 87, fue en casa de Marta Villar, en la calle de Alberto Bosch. Marta daba una fiesta. Recuerdo en ella a Julia, a Fernando Canales, a Javier Ruiz, a Aurelio Torrente, a Savater, a García Alix. Y a Pedro Casariego Córdoba, que llegó tarde –estábamos enfrente de la puerta cuando apareció en el umbral– y nos saludó brevemente, pero con alegría y con cariño. Se me antojó un Pedro Casariego más sociable y desenvuelto que el de Galaxia.

Luego no lo volví a ver más. Leía puntualmente todo lo que publicaba, pero no volví a verlo. Aunque lo veo todavía, lo volveré a ver siempre con la camisa blanca que llevaba la primera vez que lo vi en la cafetería Galaxia, cuando le puse cara al autor de Maquillaje.

Luis Alberto de Cuenca

 
Volar con Pedro Casariego Córdoba (en Barataria, Revista de creación literaria y filología. Nº 2, Universidad de Alcalá, Madrid, 1995)

La poesía es un estado de gracia.

Leo a Pedro Casariego e imagino que estoy barajando estrellas, o que en el firmamento vuelan peces mariposas con sus luces nocturnas, o que una orquídea empieza a deletrear la indefensión de las vocales débiles.

Cubrir el rostro de un tigre no es tarea fácil, Pedro Casariego, lo hizo con humor y poesía en La vida puede ser una lata. Sólo los que cubren el rostro del tigre desvelan su sueño, y digo sueño cuando realmente quiero decir metáfora.

El Hidroavión de K., edición póstuma de uno de los inéditos de Casariego, participa no sólo de la geografía poética, sino que tiene la dinámica de lo cinematográfico que se acoge a la luz y las sombras de la novela negra.

Casariego nos sorprende una vez más con todos los ases en la mano: la libélula de plata, los labios azules de Marie, joven aromática; la fotografía de un delincuente congoleño; las manos que se derriten, y sin hacer trampas (de eso se trata en poesía) un quinto as (lo imposible, de eso trata la poesía), El Fantasma del Tiempo Objetivo.

Casariego no se aproxima al cine, ni como lo hicieran temblorosos y mudos los del 27, ni con la exuberancia veneciana de los novísimos. Casariego hace simplemente cine, cine que a su vez representa una urgencia de impulsos poéticos.

Sin embargo, una lectura detenida, incluso razonada (la peor de las actitudes del lector frente a la obra poética), de El Hidroavión de K., nos va a descubrir que estamos ante un pretexto, la ficción de un género que sostiene a otro género. Casariego realmente nos esta ofreciendo una película en la que apoyar (colgar, diría Auden respecto de la relación trama poesía) las pulsaciones y destellos de la inexplicable emoción del poeta. He aquí la gran paradoja, sostener lo intraducible en lo que se supone ha de ser un sistema ordenado y lógico de contar cosas.

Pero el soporte, bien visto, apenas tiene relación alguna con lo que en el orden cerrado de los géneros entendemos por guión. La estructura del texto acaba de descubrírsenos como la sombra de algo que nunca quiso ser. Lo importante, insisto, es lo que roza levemente la estructura, aunque la intención argumental al incumplirse, al perder en favor del misterio el carácter explicativo, se convierta también en materia conspiradora de la realidad.

Casariego adorna El Hidroavión con personajes cuya vida se agota en el mismo instante de ser creados. Son luces de un poema, no historias para ser cumplidas.

Precisamente, el cine y sus fantasmas han agotado el infinito número de las metáforas visuales de las que la literatura parecía disponer. La palabra crea, al construir una de estas figuras, una comparación más o menos en equilibrio en torno a otra realidad; el cine, por el contrario, a través de ese sistema sofisticado que es el montaje, nos ofrece un imposible realizándose más allá –en lo plástico– de las posibilidades que el pensamiento creativo concede a un medio de expresión no plástico.

Al poeta en nuestro tiempo le pertenece el delirio, y como contraste, la metáfora ideológica.

Al fin el poeta se libera de la pesada carga de mover a los pueblos.

El poeta, insisto, ha de ser un mago, un fabulador de sensaciones y emociones que se van a transmitir por el boca a boca de otras emociones parecidas. Incluso en este afán de ser algo más que un hacedor de formas, el constructor de imposibles se explicará a sí mismo en términos de verdadero trascendimiento de lo que generalmente se considera como poeta.

Casariego es un ilusionista, un equilibrista de conceptos e ideas; en definitiva, alguien dotado de la capacidad de entenderse no sólo con las palabras, sino con sus destellos, sus luces y sus sombras. Leer sus poemas es también comprender, empezar a comprender el lenguaje de las nubes, el eco de la lluvia, los adjetivos del viento, y el cansado dolor de la piedra.

Casariego es consciente de la crisis de la metáfora visual, En La vida puede ser una lata, sus textos se acompañan no de ilustraciones, sino de dibujos que en apariencia son parte esencial (no ilustrativa) del hecho que intenta transmitir; sin embargo, también el propio poema se vale sin necesidad de ese otro rasgo que es el grafismo. En 8 poetas raros (Parreño y Gallero, Árdora, Madrid, 1992) vuelven a aparecer algunos de estos textos, ahora desnudos de cualquier indicación que no sea la palabra.

En la entrevista que precede a sus poemas en la antología citada, el autor de La risa de Dios nos dice cosas de conmovedora belleza. Evidentemente una entrevista se corresponde al más elemental y comunicativo sentido de la prosa, no obstante el poeta de guardia se escapa y se derrama en respuestas que son nuevas pulsaciones de emoción incontenida:

No sé –dice– si soy sentimental. Quizás lo sea. Lo que sí sé es que estoy plagado de sentimientos, de peces que piden calor.

Apariencia de cine, novela, guión, dibujo o entrevista, todo en Pedro Casariego está tocado de poesía, la forma más próxima del misterio.

Aunque pueda parecer una paradoja, el poeta es el camino de la poesía, no el que camina. Quiero decir con esto que el poeta, como la poesía, no es. Su tragedia pertenece a la abierta apariencia de comunicación desde la soledad. Pocas expresiones convienen tanto a este hermoso sin sentido como las palabras de Pessoa por boca de uno de sus heterónimos:

Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo.

Pedro Casariego era un doloroso, un resumen de esa angustia que nos consume y a la vez nos libera. En ocasiones acude a una extensa parábola para definirse a sí mismo en este particular oficio de escritor:

Un buen poema quizás sea el lado valiente de un cobarde. O la bala de un sentimental. O la belleza de un imbécil…

El poeta vive en un permanente: estado de insatisfacción, porque ama la levedad, pero, frente a su más secreto deseo de decir, las palabras acaban por asociarse a la gravedad que las sostiene. El poeta suena con una lluvia ascendente o con un cielo de nubes amaestradas, sin embargo, nada más cerrar la puerta del poema (su mundo más recóndito) se hallará con las manos vacías, y comprobará que ese regalo que ha estado a punto de hacer se ha perdido a mitad de camino, y que la lluvia nos cala a todos por igual, y que las nubes no son extrañas. Mas vuelve, cansadamente vuelve a la raíz, al punto en el que lo trascendente parece próximo y acariciable como un olor lejano y conocido, o como ese pez que le pide calor.

Rafael Pérez Estrada

 
Un miedo luminoso (en El Mundo –Magazine–, 4-5 de Junio, 1994, p. 44, a propósito de la exposición sobre Pedro Casariego celebrada en el Círculo de Bellas Artes)

Abrasado por el fuego, el autor escribió poemas que fueron pinturas,
combates de angustia contra razón.

El sabio Elías Canetti nos explicó en El suplicio de las moscas que hay, por lo menos dos clases de miedo, el luminoso y, el amargo. El primero crece y crece y se expande hasta que estalla. El segundo, en cambio, se encoge y se seca. El miedo amargo es el que logra convertir a los hombres en momias, el miedo luminoso los convierte en poetas. Venturosamente para nosotros, Pedro Casariego Córdoba (1955-1993) fue una misteriosa víctima del miedo luminoso.

Lo que digo, sólo está fundado en la lectura de sus inquietantes versos y en mi mirada sobre sus no menos inquietantes imágenes, ya que nunca llegué a cambiar palabra con él, aunque muchas veces estuve muy cerca de su entorno, ni siquiera a cruzármelo como otros en una escalera.

La interesante exposición homenaje que se le dedica en estos días en una sala del Círculo de Bellas Artes ha reunido parte importante de sus poemas, el fruto inteligente de ese miedo de fuego, las múltiples huellas de su incendio. Y digo sólo poemas, porque los cuadros, las pinturas, los dibujos y los cuadernos de notas que se muestran son también poemas que en los últimos años de su vida se convirtieron en pinturas, en dibujos o en cuadernos.

Unos poemas en los que, en una especie de rara alquimia, se canta un irónico salmo a la vida con palabras difíciles, con palabras sencillas, en las que la angustia combate con la razón y se empeña en encontrar y retener los momentos de mayor intensidad.

Para esa tarea, a la que fue empujado por ese miedo luminoso del que habla Canetti, el poema en su forma clásica hecho de palabras no era suficiente, por eso necesitó dibujarlo con una línea delgada y melancólica, pintarlo con colores pastosos, darle toda la fuerza de la luz y también la espesura de la oscuridad.

Los poetas suelen temer al mundo exterior, creen que esa turbamulta amenazante puede turbar la verdadera soledad de su alma, que como escribió un famoso salmista francés viene a romper el hilo desértico de mi alma. Temen, pero el miedo confesado les lleva a la certidumbre de que la verdadera poesía está muy cerca de la sangre, y la sangre se mezcla con todos los que la estremecen.

Pedro Casariego Córdoba pintó esos poemas con una extraña entrega, con una convicción de sacrificio, en la que los días y las noches parecían lugares inmóviles donde podía desencadenarse el pavor o eclipsarse en un profundo silencio que hablaba sin palabras. Pero los pintó también sin perder nunca el sentido del humor, que muchas veces queda expresado en las leyendas que acompañan sus dibujos y que pueden llegar a parecer una especie de paráfrasis contemporánea de los caprichos goyescos.

El poeta no necesita recurrir a las palabras más secretas del diccionario para crear sus imágenes, y esa misma llaneza en la selección de los términos que le guió a la hora de escribir sus versos desnudos, dirigió al pintor cuando trazaba sus manos, sus sombreros, sus rostros, sus estrellas, sus desoladas figuras con una enternecedora naturalidad que se apoyó casi siempre, más en la persuasión de la franqueza que en el convite de la ingenuidad.

Al espectador se le da ahora la rara oportunidad de enfrentarse cara a cara con este artista pudoroso, con este poeta reservado, con este creador que de estar vivo hoy hubiera rehuido minuciosamente las cámaras de televisión y se hubiera ausentado para no estar presente en una ceremonia así.

Pedro Casariego Córdoba fue un poeta raro, como acertadamente lo clasificaron sus antólogos, pero su rareza no lo hizo indescifrable.

Marcos Ricardo Barnatán

 

Pe Cas Cor (en Diario 16, Culturas, 26 de junio de 1993, p. 10)

Era alto y decididamente delgado, los pómulos marcados, las facciones correctísimas, frugal en la comida y abstemio en la bebida, fumador de tabaco, la frente despejada, muy blanco de piel, la vista corregida por gafas de cristales redondos. Jamás se exponía al sol, odiaba el calor y le angustiaba la sequía. Sin embargo, desde diez o quince años antes de su muerte no se bañaba en el mar o en una piscina, pues no soportaba mojarse la cabeza si no era en la ducha. Aguantaba el frío hasta extremos increíbles, y excepto la chaqueta, usaba la misma ropa, siempre azul, en verano y en invierno. Su miopía fue causa de que le declararan inútil para el servicio militar, calificación que encontró indignante y vejatoria, por lo que intentó, sin conseguirlo, ser aceptado como voluntario. Jugando al fútbol era zurdo. Escribía y pintaba, en cambio, con la diestra. Su conocimiento del español era profundísimo, pues además de poseer una extraordinaria memoria leyó mucho y bien, y su facilidad para el dibujo y la pintura, asombrosa. En ambas artes su mejor arma era la audacia y la absoluta falta de miedo a quedarse en medio de un océano sin viento y sin alimentos, ya que eran otros los miedos que lo acosaban. Sufrió, en efecto, hasta límites difíciles no ya de experimentar, sino de imaginar, cuando en apariencia todo le favorecía. Como resultado, su visión de la vida era ascética y radical: despreciaba así todo lo superfluo, pues sabía que lo único que importa realmente es alcanzar una paz interior de la que él carecía. Estos sentimientos son fáciles de rastrear en muchos de sus tempranos poemas y en muchos de sus tardíos lienzos, pero también otros opuestos, reflejo, igualmente, de su contradictoria personalidad: así el colorido y la alegría, la ternura y el sentido del humor, como en esa corta historia de un ciempiés que entra en una zapatería con dinero para comprar únicamente un par de zapatos.

Amó a varias mujeres, de las que la última y más importante fue Ana, con quien compartió intensas y mágicas horas de contento y felicidad, con quien se casó y con quien tuvo a Julieta. Quiso mucho a ésta, y cuando iba a buscarla a la guardería, la cubría de flores que recogía aquí y allá durante el camino de regreso, quizá porque opinaba que la poesía es mas acción que palabra. Ejerció de hermano mayor mientras pudo, y después, invertidos los papeles, pasó a ser el protegido.
Le gustaban Coleridge, Cendrars, Hamsun, Robbe-Grillet, Bernhard, los grandes escritores rusos y el arte soviético de vanguardia. Matisse, Munch, y sobre todo Van Gogh, fueron sus pintores preferidos. Vivió como éste treinta y siete años, lo que no quiere decir mucho, pues dificilmente se puede medir mecánicamente el tiempo espiritual, cosa que él muy bien sabía, y por eso, cinco años antes de su muerte, había escrito: "Tengo 32 años; pero nadie sabe, ni siquiera yo, cuánto tiempo he vivido".
Le aterrorizaba asistir a actos públicos, lugares cerrados, hospitales, lo que no era, como algunos erróneamente interpretaron, una pose. Tanto es así, que no acudió a ver a sus sobrinas cuando nacieron, aunque les dedicó hermosas poesías, ni a las presentaciones de las novelas de su hermano, ni tan siquiera a la de uno de sus propios libros, La vida puede ser una lata. Poca gente del mundo literario y menos del artístico le conoció personalmente, lo que sin duda perjudicó la difusión de su obra, y habiendo leído lo anterior se concluirá que no es de extrañar, pues para conocerle había que esforzarse mucho más de lo razonable. A mí no me hizo falta. Tuve la enorme, compartida y terrible suerte de ser uno de sus siete hermanos menores. Se llamaba Pedro Casariego Córdoba, y yo afirmo que era un genio.

Martín Casariego

 
Ookunohari (ABC, Panorama, viernes 22 del diciembre de 1989)

«Era más delgado que cualquier faquir». Así era aquel día, y el día todavía más: un hilo perdido en la niebla, borrado por la noche. Yo estaba allí de pronto junto a su cuerpo, y era cierto: podía contar las estrellas con sus costillas, pero no «para dormirme», sino estando él dormido. Y no le faltaba ninguna. ¿Qué hacia yo, pues, junto a él? Por este motivo, sin duda, era tan ensimismado; por este mismo motivo, sin duda, era más hermoso cuando no estaba despierto, cuando cesaba la espiral de palabras que salía de su boca y quedaba en el puro ser.

«Es la muerte», había dicho, y por mi cabeza, veloces, cruzaban las frases de Rosa Chacel: «Si no hubiera querido, nadie hubiera podido obligarme a nacer. Con la muerte sucede lo mismo: es una renuncia». No es el fin, pensaba, es el azar que me depara ese goce de contar las estrellas a la luz de una lámpara. El amor en un tatami. Alrededor todo vacío, ni un mueble, ni un libro por las paredes. Y yo viendo como en una pantalla en un flash súbito, a Hrabal hacer balas con libros y papeles y meter en cada una una reproducción de arte, la «Ronda de noche», «Saskia», "Almuerzo en la hierba», para convertirlos en pasta (por cierto, ¿quién traducirá al castellano «Una soledad demasiado ruidosa?»). Sí, hay que acabar con los libros, sobre todo con algunos, los exteriores, no esos que te recorren por dentro como el de Pedro Casariego que ahora me dictaba: «súbita / y violentamente / el cometa / abandonó su órbita».

Yo también lo vi: una esfera violeta envuelta en llamas. Lo vi porque siempre miro el cielo por si pasan cigüeñas camino de Salamanca formando una V blanca de madrugada. «Quizá el cometa fuera / un verdugo del Señor». Y ya había esperado una fuerte explosión, pero lo engulló el silencio. Ahora, sin embargo, en mis manos, aquellas costillas tan suaves: «casi / había / olvidado / el sabor de la carne de...» ¿Qué carne? Para mí era un arcángel y el número de huecos por los que mis dedos andaban... ¿Era Wataksi? Sí, porque la voz que de verdad hablaba, de todos modos, era la mía, ¿y qué importaba que Wataksi para mí fuera varón? «Ah Wataksi, esa sensación era la sombra del beso». Y todo era una sombra a plena luz porque como él era ciego y dormía, quería que todas las luces estuvieran encendidas.

No por casualidad el libro (La voz de Mallick), como una espátula, daba unos toques que ayudaban a definir la situación, me había empeñado en leerlo hasta decir como algo propio la palabra Ookunohari, y he aquí que descubría además que aquel era el lugar, que yo estaba en Ookunohari, que estaría ya siempre detrás de ciertos barrotes, fija en aquellos ojos cegados por haber bebido las lágrimas de la serpiente, aferrada a una blancura celeste. «Pedí ayuda a las estrellas que sobrevivían en el cielo / cielo / estrellas / sus párpados / sus luciérnagas / sus luces / tu luz / tú / Wataksi / te quiero / te quiero / te quiero».

Clara Janés

 
Pedro Casariego (ABC, Panorama, 5 de octubre de 1994)

Estoy en el campo, contemplando a la última luz del día un sereno paisaje, y de pronto, el silbido de un tren me traslada al mes de junio y al Círculo de Bellas Artes. Nos hallarnos en un acto en que se presentan dos libros de Pedro Casariego, El hidroavión de K y La vida puede ser una lata –este último adosado a otro que reune textos ilustrativos de cuadros suyos, homenaje o presencia acompañante de unos cuantos que en algún momento sentimos proximidad hacia él– en el marco de una exposición de sus dibujos y pinturas. La sala está llena, se introducen los libros, se habla de su creación, de su exigencia y su silencio. Por dos veces se negó a leer allí sus poemas y de nuevo –se dice–- celebramos la publicación de sus libros en su ausencia. Nadie menciona el hecho que a todos nos tiene en vilo: se suicidó arrojándose a la vía del tren hace un año y medio. Por riguroso turno hablamos y leemos nuestros textos, afirmando, con el tono de nuestras voces, precisamente la presencia irrevocable del poeta. Tampoco se atreve nadie a hablar de su persona, de su realidad material –-su alma-cuerpo tan potente–, de esa fuerza sobrecogedora que emanaba, ese saber tan propio que sólo en el arte hallaba cauce. Pero he aquí que llega el final y toma la palabra su hermano novelista, Martín –otro de sus hermanos, Antón, fue el primero en hablar–. Y Martín con toda sencillez, explica una tarde pasada con él: salieron a pasear y llegaron hasta la estación de Aravaca. Eran las nueve y era verano, de modo que aún había luz. Se sentaron de espaldas a los raíles del tren... Mientras Martín habla vemos el amplío panorama que se extiende ante sus ojos y Madrid al fondo y cómo se va velando de escarlata a medida que el crepúsculo avanza; lo vemos a él cogiendo la armónica que le tiende su hermano y arrancándole algunos sonidos y luego oi¡mos la alegre melodía tocada por Pedro y también un leve traqueteo y suaves silbidos de un tren que se aleja, mientras sigue la melodía. Y todos sabemos que han pasado otros trenes y otras cosas y que la melodía permanece y que, pase lo que pase, nosotros estamos allí todos juntos con él.

Clara Janés

 

Ayúdame a ser zurdo El País, 21 de mayo de 1994

Unir una palabra con otra. Juntarlas y disponerlas de tal modo para que disparen una sugerencia, para que incendien de sentido una frase banal, para que muevan a la sonrisa, a la carcajada, al deseo. También, para que den cuenta del dolor, de la amargura, del fracaso. Para que reinventen el amor. Es lo que hizo el poeta Pedro Casariego Córdoba durante una buen porción de años y escribió por ejemplo: «Las cabezas descubiertas / explicó / son las pistas de aterrizaje / de los sombreros de mujer». O también: «Ese fantasma que trata de esconderse entre la ropa tendida es como un hijo para mí». Terminó uno de sus poemas con la dinamita de estos tres versos: «Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios»; o describió el sueño de uno de sus personajes diciendo «Phil se duerme / y al dormirse resucita / resurrección que se repite / todas las noches».
Son retazos arbitrarios que se dejan caer con la ilusión de que el lector muerda el anzuelo. Porque, en realidad, no sirven para contar el mundo de este poeta, que llenó de historias y personajes sus libros de poesía como si fueran cajas mágicas que contuvieran toda la verdad de la vida: azarosa, caprichosa, ligera, profunda, trivial, ridícula. Y es que este hombre, Pedro Casariego Córdoba, fue un tipo compulsivo que se tiró a la piscina de las palabras sin salvavidas y se sumergió hasta el fondo como si no le tuviera miedo a las catástrofes que se producen cuando uno deambula por la cuerda floja del sentido. Y un buen día, ese hombre que firmaba Pe Cas Cor dejó las palabras en suspenso y se tiró a los lienzos con la misma extrema necesidad con la que había tratado con sus versos, y llenó sus cuadros con colores y trazos, con personajes e historias, con tinta de dolor y con ríos de puro cariño: para volver a construir mundos que fueran el reverso o la continuación del suyo propio.

El dolor y la inocencia

Cuentan quienes le conocieron que Pedro Casariego Córdoba tenía las cosas de cuerpo para adentro hechas un revoltijo de dolor. La poesía y la pintura fueron las salidas que encontró una sensibilidad que tenía fuera de control las agujas que marcan la velocidad de las emociones. «Si alguien cree que la vida es una lata», explicaba en una de las pocas entrevistas que concedió, «tiene grandes posibilidades de alcanzar la felicidad a través del aburrimiento, del tedio, del hastío, de la benéfica paz terrena. Lo terrible es la obsesión, ser un simple esclavo de un alma estropeada. Estar encima de un tejado blanco, debajo de un cielo azul, muy aburrido, sin nada que hacer, con un pitillo y un zumo de naranja en la mano es estar llamando a la felicidad». Pero acaso todo esto sea irrelevante para disfrutar de su obra. La poética y la artística, que tienen en común el mostrar los vagabundeos de un tipo que se dejó seducir por el reto más difícil: el de desandar todos los caminos para recuperar la mirada inocente y asombrada del niño que descubre el mundo y que al descubrirlo lo nombra por primera vez.
Ahora, y gracias a la iniciativa de su familia y sus amigos, el Círculo de Bellas Artes abre una de sus salas para mostrar los cuadros de Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955), a partir del día 24. Son 39 acrílicos sobre lienzo, que se completan con 68 dibujos (la mayoría de ellos de su libro La vida puede ser una lata), 15 cuadernos –que recogen las notas y dibujos que fue haciendo en sus últimos años y que son como un paseo por todos los vericuetos de una imaginación tierna, caprichosa e irónica–, ocho libros –desde Maquillaje. Letanía de pómulos y pánicos (Editora Nacional; Madrid, 1983) a Pernambuco, el elefante blanco, el último que dibujó y escribió para su hija Julieta– y una partitura, la del Cántico de Mallick, que compuso Jacobo Durán-Loriga inspirándose en La voz de Mallick (J.R.J. Colección de Poesía, Huelva, 1989).
Muebles, monstruos, mesas, manos... son los nombres que han puesto los organizadores de la exposición a algunas de las series que pintó Pedro Casariego Córdoba. Como todos, nombres arbitrarios que sirven para ordenar unos cuadros que oscilan, como oscilaba su poesía, entre el guiño juguetón, ligero y tierno de algunos de sus monigotes que estallan en un marco de colores intensos, y el viaje sombrío y dolorido de otros cuadros, de tonos más oscuros, de rostros agrietados, de formas descompuestas. En todos ellos, en cualquier caso, flota el mismo asombro que tiene toda su poesía. Ese asombro: una suerte de afirmación de que la vida está llena de sorpresas –dulces, dolorosas, absurdas, ilógicas– y que merece la pena ser vivida: para contarla, para meterla en el marco estrecho de un lienzo, para celebrarla con una historia o con el feliz acuerdo de un montón de palabras.

Nuevas publicaciones

Pedro Casariego Córdoba se suicidó en enero de 1993. Un año y pico después, su trabajo oculto de pintor, por un lado, y la publicación de uno de sus primeros libros, El hidroavión de K. (Ave del Paraíso Ediciones), y de Falsearé una leyenda. La vida puede ser una lata (Árdora Ediciones) –que reúne los comentarios de trece autores sobre sus cuadros y la edición aumentada de uno de sus libros más conocidos–, por otro (que se presentan también en el Circulo de Bellas Artes el 7 de junio), están ahí para mostrar la originalidad de su trabajo: las frágiles construcciones de un artesano de las palabras y las imágenes. Y para quien no lo crea, basta con leer ese brevísimo poema que acompañaba uno de los dibujos de La vida... : «Me han cortado por la mitad. Ayúdame a ser zurdo»".

José Andrés Rojo

 
Pedro Casariego Córdoba (ABC, Tribuna abierta, miércoles 10 de febrero de 1993)

Conocí a Pedro Casariego hace dos años en una fiesta. Le recordaré siempre como ese primer día, muy distinto a todos y muy atractivo. Una belleza que le venía de dentro, una presencia física peculiar e indescriptible. Fuimos presentados como poetas. Cuando pasa eso lo siguiente es el bochorno o el aburrimiento. Con Pedro no lo fue porque Pedro era un poeta de verdad. Pedro es una de esas pocas personas con las que he tenido el lujo de entenderme y, es curioso, por las cosas que él decía parecía estar a años luz de lo que a mí me preocupaba y, en cambio, ponía una atención extrema en todo cuanto oía. Tengo la impresión de que el mundo, a Pedro, le venía estrecho. Y que por mucho empeño que pusiera en seguirlo, el mundo era lento a su lado, él caminaba con mucha ventaja y su hastío, si lo fue, no fue el de quien persigue algo sin alcanzarlo, sino al contrario, Pedro, para mantenerse anivelado a los demás, tenía que mirar atrás continuamente y continuamente esperar a que los otros le alcanzaran. Yo tengo la impresión de que Pedro caminó en ese sentido por conocimiento, porque le llegó la hora de aprender mucho antes lo que nos llega a todos mucho después. Cuando se produce una pérdida tan grande también se producen miles de interpretaciones. Algunas personas han interpretado todo esto como una salida ante el cansancio de buscar respuestas y no encontrarlas. A mí me parece que a Pedro le pasaba exactamente lo contrario: lo que hay que aprender aquí ya lo sabía.
Aunque está con quienes le conocimos más que nunca y desde dentro de nosotros, nos transmite una tranquilidad asombrosa ante todo lo insustancial, marginal e indiferente de este mundo, todavía no ha pasado el tiempo necesario para que asumamos su experiencia, una experiencia que solo le pertenece a él y que respeto con toda mi admiración. Yo me siento orgullosa de haberle conocido, me siento tranquila, fuerte y alegre y orgullosa de él. No se puede estar en todas las partes al mismo tiempo. Yo me alegro de que me haya tocado esta parte de mundo donde ha vivido Pedro, y de haber oído su voz.

No le preocupaba nada la fama literaria y tenía muy claro lo que quería hacer. Su poesía nacía de una asunción completa y ritual de la palabra, de una conciencia radical de la vida. A algunos todo esto les sonará dramático y terrible. Pero Pedro no era así en absoluto, era agradable estar con él, era una alegría encontrarle. No era superficial; siempre era él, no su imagen. Yo creo que ha actuado siempre en su vida guiado por el único y más loable timón que debe conducir a un artista: por conocimiento. Para quienes no le conocían, su acto puede parecer desmesurado y, seguramente, equiparable a cualquier otro suicidio. No es así. Pedro, a mí, siempre que nos vimos, me transmitió serenidad, tranquilidad, una madurez muy superior, y una falta tan grande de estupidez, frivolidad, grosería o tontería que le hacía deseable, admirable y envidiable, pero no desde un podio, desde luego, sino muy con los pies en la tierra. Pedro era grande, no era pequeño. Pedro era fuerte, no era débil. Pedro es un escritor que empezó desde lo más alto y que ha conseguido con sus versos lo que muy pocos consiguen en una larga vida.

Me acuerdo que una vez Pedro me dijo que no le interesaba nada la poesía de la madurez. Lo decía sin furia, con absoluto convencimiento. La poesía que a él le interesaba había de nacer del poder y no de la destreza, de la inspiración y no de la habilidad, de la entrega y no de la caza. Así que su poesía ni es mística ni anda buscando la comunión con el todo, sino que ha renunciado a muchas cosas, es humana, es precisa, es tremendamente arrebatadora e íntegra y profunda y poderosa. Su falta me ha provocado miles de sentimientos y domina la tristeza, pero también me ha dado fuerza, una fuerza muy grande al ver cómo su escritura se prolonga dentro de cada uno de nosotros, y como sigue vivo. Cada verso suyo me parece inagotable, insondable. Con los tres libros que ha escrito hay para muchas vidas. Y por otra parte, Pedro tiene toda la razón: para qué más, cuántas veces la madurez no es más que podredumbre. Y la lucidez, casi siempre, algo irreversible, algo que a veces hace desear "el reino de las luciérnagas y los sustos", como escribió Pedro, ese reino por el que sólo se orientan los que no ven. Pero cuando se ha perdido la ceguera, cuando se ha dejado de no ver, Vanderbilt, la ceguera es ya imposible de recuperar y todo es luz.

Es un privilegio haber estado cerca de él. Su vida es de una belleza infinita, una obra de arte que, como su poesía y su pintura, como todo lo que engrandece y alegra, mueve y moverá el mundo. Pedro me ha enseñado que la vida y la muerte es lo mismo, que ambas pueden ser igual de bellas o igual de despreciables, que el miedo no existe, y la soledad, tampoco; que sólo existen los demás en uno mismo, y uno mismo, en los demás. Y que nada es más importante que hacer aquello que uno cree que debe hacer, con toda la valentía y con todo el amor. Aunque me hubiera gustado volver a verle, desde muy adentro lo aplaudo. Pedro, para mí, es un artista que se ha estado entrenando toda su vida en su arte y en su ejercicio y que acaba de descubrir que la perfección existe, que la libertad es posible. Le imagino como un músico o un bailarín que ejecuta su música y su danza por primera vez tal y como la siente y la piensa, con esa precisión y esa exactitud entre el objeto y el deseo sólo alcanzable por los mejores, y le imagino experimentando una satisfacción que me transmite, una tranquilidad y una plenitud que no tiene nada que ver con la euforia del éxito, esa palabra que significa salida y que para Pedro no significaba nada, pues para Pedro y para todo artista la obra no es cuestión de éxito ni de salida, sino todo lo contrario, de entrada, de llegada. Pedro me llega y su obra me llega, me entra, y yo creo que él ha entrado por una puerta a partir de la cual empieza el camino, no termina. Cuando se ha dado con el objeto del deseo, cuando el bailarín, el músico, el pintor, el escritor, el hombre ve que su ejercicio es posible y es exactamente lo que desea, entonces es cuando empieza el aprendizaje y la seguridad de que ya se ha terminado la fase de los errores y comienza el perfeccionamiento, porque ya se sabe hacia donde se camina, ya se sabe lo que se quiere y, sobre todo, ya se ha demostrado que lo que se quiere es posible y se puede hacer.

Es muy difícil que la gente sin sensibilidad, la gente con menos inteligencia, los menos humildes y los menos preparados para aprender reconozcan en la obra de Pedro algo grande. Su forma completamente libre de componer el mundo le separa radicalmente de la mediocridad. Es esto lo que los seres profundamente limitados son incapaces de tolerar. Adonde está Pedro es difícil llegar. Siempre tuvo mi admiración y mi respeto y la de muchos de su generación. A mí me gustaría tener la suya. Esto nos diferencia.

Luisa Castro

 
Un hielo celeste El País (Babelia), sábado 14 de abril de 2003
Diez años después de la muerte de Pedro Casariego se edita Poemas encadenados, su obra casi completa en la que establece un diálogo entre imaginación y realidad.


Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955-1993), Pe Cas Cor como le gustaba firmar, tenía 20 años cuando en 1975 reunió con el título de Poemas Apaisados del Caballero Inmaduro sus primeros 300 poemas (no incluidos en el libro que comentamos), y dejó de escribir poesía en 1986, con 31 años, excepto un poema manuscrito fechado en 1987 dedicado a una de sus sobrinas. Desde entonces se limita a la redacción de pequeños cuadernos ilustrados, hasta que en 1990 abandona la escritura, dedicándose a la creación de una obra pictórica igualmente personal e independiente. El 6 de enero de 1993 termina Pernambuco, el elefante blanco, un cuento ilustrado para su hija Julieta, y dos días más tarde, como dice la última línea de su biografía, "se suicida exponiendo su cuerpo al paso de un tren en Aravaca". No es banal señalar tales circunstancias, a riesgo de agrandar la losa del escritor mítico y maldito, pues esos años en los que desarrolló su actividad poética, quizá son los más originalmente productivos de la historia reciente de la poesía española. Diez años después de su muerte, tenemos el privilegio gozoso de acceder a estos Poemas encadenados (1977-1987), que ordenan y unifican lo que puede considerarse casi su poesía completa: 6 libros acabados más 43 Poemas sueltos escritos entre 1979 y 1987.
Una obra dispersa e inencontrable que, alentada por el drama interior del artista en el mundo que le tocó vivir, creó una escritura que supo poner de manifiesto ese diálogo infinito entre imaginación y realidad que era la vida en la mente de Pe Cas Cor. Basta mirar los títulos de sus libros y sus poemas para advertir que nos encontramos ante un poeta diferente, raro frente a sus contemporáneos. Su poesía se ha calificado de críptica y difícil, cuando no es más que un juego nacido de "la semilla de la insatisfacción", de un mundo enrevesado y caótico cuyo final es el fracaso, cuya fuerza experimental hace del poema un ejercicio de actitud. Deshace pacatas concepciones de género con la coherencia de una escritura acabada que define su humanidad, que salva con decisión la prueba del tiempo. Crea su propio sistema poético: simbólico y visionario, nada conservador ni retórico, melancólico y trágico, épico y humorístico al tiempo, capaz de romper los límites de la imagen, las pautas de representación de las palabras y de la identidad de un sujeto fragmentado, dividido, repetido y hasta negado. Su lenguaje es una especie privada, un preciso estado interior que construye su escenografía detallada en lo exterior y cotidiano.
Poemas encadenados nos permite regresar a una escritura casi narrativamente novelesca, a una acción que no se detiene, a un desorden calculado donde a lo exterior se suma el carácter individual del destino, su áspera y extraña belleza. Sus seis libros son un "himno hechicero" de la destrucción y la recreación, la vida como un escenario mágico y sobrenatural sembrado de personajes y genealogías vinculados entre sí por "una palabra que mira". Una historia a la vez diferente y contradictoria, como una piedra solar que polariza la luz y descubre un sol interior oculto e intenso. Los "Poemas sueltos" muestran de manera más confesional y dolorosa las obsesiones, creencias y mitologías personales entregadas al miedo y la desesperación. Las figuras de Dios (el poema Tú mi Dios es decisivo) y de la madre parecen dar rostro a una realidad oscura y temible que, entre el escepticismo y la fe, buscan lo trascendente y quimérico frente al desamparo: "Tu belleza es un bosque / y cuando hablamos de ella / nuestras palabras lo talan sin querer". Poemas que nacen de la lucha por circunscribir en palabras un sueño de "sangre sabia".
Como afirmó Wordsworth, "todo escritor extraordinario y original debe crear el gusto mediante el cual será saboreado". Pe Cas Cor creía en aquellos que escriben leyendo, en quienes, como artistas interiores, son los que realmente crean. Este libro de belleza extraviada y desbordante exige del lector la misma emoción extrema y la agilidad mental suficiente para descubrir las operaciones que tienen lugar en la mente del lenguaje y en la expresión de una realidad que nada tiene que ver con la coartada pragmática que hace de ella una estrategia impertinente. Este libro es una herida al sol que nunca seca ni cicatriza, que acaba con la marginalidad de una obra de enorme calidad humana y literaria, aunque todavía les pese a algunos. Es la historia de un hombre delgado y raro que no quiso flaquear jamás, acaso una vez sólo: "No me des un beso inteligente, no quiero un beso cruel". Ternura frente a impostura, un hielo celeste.

Antonio Ortega

 

Fanerógamo ABC, lunes 19 de mayo de 2003

FANERÓGAMO: despierto con esta palabra en la boca, asociada a "poeta": Pedro Casariego, poeta fanerógamo. Anoche estuve leyendo Poemas encadenados, el grueso volumen con el que Seix Barral ha venido al rescate de la práctica totalidad de sus versos, varios libros que andaban desperdigados y algunos inéditos.
Oí hablar de Pedro Casariego hace años, cuando murió, pero no lo había leído, ni sé si, de haberlo leído entonces, hubiera sido yo uno de aquellos pocos lectores que se dieron cuenta, desde el principio, de lo que tenían entre las manos.
Fanerógamo: que da flores, que se reproduce mediante fruto y semilla. No es una comparación muy brillante. Además viene a ser una tautología -qué poeta no da flor, qué es un poeta, sino un poeta?-, pero me vale, porque la impresión que me ha producido Casariego es precisamente ésa, la de estar ante un poeta poeta, no uno más de cuantos cultivan y persiguen con mayor o menor grandeza la amistad de la poesía, sino uno de esos pocos, imprescindibles, a quienes la poesía misma viene a buscar, y rapta, y acaso sacrifica en aras de su alto ministerio. Raro, original, hermético: he aquí tres calificativos que oímos y oiremos aplicados a su figura ¿A qué poeta poeta, a qué poeta fanerógamo, no serían aplicables? Nuestra sorpresa, nuestro asombro, nuestro desconcierto, ¿qué son sino el signo de un advenimiento?
Lo que adviene es una montaña de carbón transmutada en oro: la prosa vulgar narrativa, de la noticia, de la novela policiaca, de las aventuras por entregas, del tebeo, de la divulgación científica, la lengua nuestra de todos los días, tan gastada ya y achacosa, se desnuda ante el poeta y remanece fresca y nueva, tentadora y salvaje.
Cuando un poeta acierta a decir lo que necesitábamos decir, cuando se adelanta, nos quita la palabra de la boca y nos la devuelve purificada, cuando brota y florece el paisaje secreto que anidaba en los viejos paisajes, que sentíamos pujar pero que ahora reconocemos, que se mira en nuestros ojos, crecemos repentinamente, alcanzamos de pronto un nuevo horizonte, somos más libres que antes.
Alargo la mano hacia el libro, que aguarda en la esquina de la mesa. Y siento una íntima, gozosa gratitud.

Agustín Cerezales

 

Acariciante cadena El Crítico, 7 de abril de 2004. Sobre Poemas encadenados.

“Antiliteratura” considera, elogiosamente, Ángel González la poesía de Pedro Casariego Córdoba. Y tiene razón el autor de Palabra sobre palabra: la obra de Casariego no satisface las expectativas de musicalidad y embellecimiento que espera el lector de poesía, y mucho menos condesciende al patetismo que ha perdurado como consustancial al verso, desde la revolución romántica, en una buena parte de la lírica moderna; o lo hace con muchas salvedades. Pero es justamente en esa falta de acomodo a lo que hemos acordado tener por literario donde radican su originalidad y su fuerza.
Los seis libros de Pedro Casariego Córdoba, desde La canción de Van Horne (1977) hasta Dra (1986), se estructuran de acuerdo con un mismo patrón: los poemas, que se suceden como los golpes de un metrónomo –todos se identifican con la inicial de su protagonista y un número consecutivo–, son fragmentos de una historia; de hecho, parecen ser el resultado de trocear y disponer en verso un relato en prosa. Las historias, empujadas por una imaginación poderosa, son fantásticas; es más, son delirantes. Y su fragmentación –su eslabonamiento– en poemas acentúa su extrañeza. Pero aquí damos con una paradoja esencial, que revela uno de los ejes de la poesía de Casariego: la imposiblidad de comunicarnos. Sus textos se presentan repletos de nombres y datos, como atestados o anotaciones de un cuaderno de bitácora; el lirismo se sustituye por un lenguaje denotativo que nos abruma de información. Sin embargo, esta objetividad es falaz y no acrece la comunicación; no nos sentimos más seguros de lo que leemos, ni transportados a un ámbito de conocimiento compartido con el autor, sino, por el contrario, perturbados por la confusión, por la intransitividad, por la nada. “Nuestras palabras impiden la comunicación”, afirma Casariego en la cita inicial de La risa de Dios. Y eso es precisamente lo que pretende su poesía: revelar, mediante la reunión tumultuaria de nombres, mediante la hiperplasia del detalle y la enunciación, la radical opacidad del ser: “A las 8 horas 4 minutos / H. / elegantemente ataviada / con un traje muy similar / al empleado en su trabajo / por ciertas operadoras camboyanas / se encuentra conversando con A. Lincoln / el juicioso encargado / del Departamento Zimmermann / de Distribución de Visitantes”, leemos, por ejemplo, en La canción de Van Horne. Pero no sabemos qué realidad se nos está describiendo, ni qué emociones oculta, ni cuál es su significado, si es que tiene alguno; sólo percibimos un espacio absurdo –el poema– en el que conviven lo objetivo y lo demencial: una metáfora de la vida.
P
ara mejor alcanzar este efecto, Casariego recurre a ciertos procedimientos retóricos e incluso visuales, que, junto con lo alucinado de la historia, acaban produciendo poemas desaforados, casi dadaístas, poemas sin salida: las repeticiones obsesivas de términos, motivos y versos los espesan hasta hacerlos intransitables; las hipérboles los vuelven inverosímiles; las paradojas y negaciones nos inducen a descreer de ellos (“el azul era más blanco / que el blanco más puro. / Pero ignoro / lo que eso significa”); las inversiones y juegos de palabras hacen que desconfiemos de su verdad (“una chaqueta Casablanca” / un agujero en la chaqueta / una chaqueta en el agujero / un agujero Casablanca”); la interrupción de los sintagmas y la omisión de los signos de puntuación rompen la coherencia del discurso; las anomalías visuales –separaciones, blancos, sangrados, caligramas–, aunque refuerzan el sentido, descoyuntan el significado. Los poemas se multiplican como marañas de hechos, construidas con un lenguaje previsible, referencial, pero son marañas impenetrables, incomprensibles, que no conducen a ninguna parte: son el lugar en que el poeta escenifica la oposición entre información y conocimiento, entre soliloquio y diálogo. Es preciso observar, no obstante, que esta paradoja progresa hasta culminar en los poemas severísimos de La risa de Dios, pero después se atenúa, paulatinamente, sin llegar a desaparecer. En el tramo final de Maquillaje (letanía de pómulos y pánicos) ya se observa una vibrante letanía de amor, que abre una puerta a la esperanza; y en los dos libros posteriores, La voz de Mallick y Dra, los poemas se revelan más permeables al mundo: lo describen, intentan aprehenderlo, y, en este movimiento de apertura e impregnación, arrastran también al lector, que advierte un lirismo creciente, una como avergonzada floración de imágenes: “La nudosa / religión de Paivarinta / trepará por un / loto de piel / girará / como un paraíso / encima de un / gramo de carne / hará brotar un racimo de gemidos / o una sola espiga de trigo”, leemos en Dra.
La obsesión, empero, que atenaza a estos poemas anómalos tiene una raíz invencible: la soledad, el aislamiento, la percepción de que no se pueden romper las barreras entre el yo y el mundo; en suma, un intolerable malestar con el ser: una náusea existencial. No es casual que el protagonista de su segundo libro, El hidroavión de K., se llama Phil Kierkegaard, o que La risa de Dios concluya con este desgarrador epifonema, que revela el desconcierto y el terror del poeta por la vida: “mi angustia es el eco de la risa de Dios”. También resulta significativo el hecho de que la mayoría de los protagonistas de sus poemarios se encuentren encerrados en lugares oscuros y angostos: Phil Kierkegaard duerme –y sueña– en su pequeño apartamento; Markowitz, que ha asesinado a un camarero, se oculta en una habitación minúscula, llena de telarañas, y en uno de los poemas del libro –que dice, escuetamente: “solo / como / la ri / sa de / Dios”– el adjetivo “solo” aparece contenido, mediante signos de dos puntos, en una suerte de ataúd; Mallick, que también ha matado a varios mendigos, nos habla recluido en una celda y, de nuevo, la tipografía sugiere tumbas y espacios cerrados; la acción de Dra, en fin, transcurre fundamentalmente en la cocina de un piso.
La opresión existencial se manifiesta asimismo en la violencia, que desfila cinematográficamente, como una película entre surrealista y detectivesca; una violencia que, a menudo, se desarrolla en lugares o afecta a personajes del sudeste asiático, como si el poeta no hubiera podido desprenderse de las imágenes de muerte y destrucción de la guerra de Vietnam y los conflictos aledaños. Maquillaje, por ejemplo, sucede en Hanoi. Esta ubicación, y el hecho de que todos sus personajes sean norteamericanos –salvo Paivarinta, el semental finlandés de Dra–, alejan, extrañan, una vez más, a los poemas del yo del autor, pero no cercenan su aliento, la rosa subterránea y doliente de su respiración. La obra de Casariego aparece plagada de acuchillamientos, disparos, asesinatos, explosiones, combates de boxeo, drogas y suicidios; de muerte, en definitiva, subrayada a veces por la propia violencia fónica de los versos (“con sus ojos de uña / cósmicas sus zarpas me remiran / zarpas de restañasangre”) o por su disposición tipográfica, que adopta formas aguzadas, de flecha o de navaja, aunque también camuflada, aquí y allá, por certeros trazos de humor negro: “celebran la navidad / regalando muletas a los corredores de fondo / para que no olviden que sólo son polvo”.
La identidad constituye otro de los flancos del debate existencial; o, mejor, su ausencia, su indeterminación. Los personajes de Pedro Casariego Córdoba no presentan una identidad definida y única; antes bien, se desdoblan en otros distintos, cambian de nombre o de sexo, desmienten sus actos con otros imprevistos y antitéticos. El autor practica todos los rituales de la confusión para, por una parte, despojar a su obra de cualquier viso de confesionalismo y, por otra, infundir en el ánimo del lector su misma estupefacción ante el hecho de poseer un yo, de ser alguien o, simplemente, de ser. Algunos de esos rituales aparecen sancionados por la tradición, como el recurso de atribuir la propia obra a otro: así lo hace en La voz de Mallick, con esta afirmación taxativa: “el autor de este libro no es su verdadero autor”; otros perseveran en la inversión, la negación, la hipérbole o la paradoja: “mi rostro es un antifaz”, “mi segundo rostro / es una careta”, escribe en La risa de Dios. La inconcreción o inasibilidad de eso que llamamos yo nos enfrenta, de nuevo, a la imposible salvación en el otro e ilumina, con su luz negra, esta poesía claustrofóbica, selenita y circular que nos apresa como una cadena de pavor y de carne.

Eduardo Moga